Esta pesadilla: la historia (7)

Roberto Burgos Cantor

En las incertidumbres del adiós a uno mismo, lo poco que quedaba después del adiós a los padres, del abandono de las protecciones, la vida de quienes sentíamos que así no era posible, parecía signada por un maleficio. Como si hubieran envenenado la esperanza, su poder movilizador.
Sin embargo, una vez más alentó la ilusión cuando todavía la montaña de muertos no concluía sus nueve días de velorio. Un grupo de jóvenes se empeñó en destrabar la experiencia de una Constitución nueva. Desde la pequeña constituyente de López Michelsen y su novedosa estructura, la concertada laboriosamente con el Congreso, de Turbay Ayala, la de Barco Vargas que debió abortarse por las pretensiones del nuevo sujeto de desbarajuste y soberbia, el narco tráfico, se volvió imposible reformar la Carta. El formalismo jurídico chocó todas las veces con la naturaleza política de un tratado de convivencia.
Entonces, la magia del número siete, séptima papeleta, un país acoquinado y todavía creyente del talismán de la ley, logró derribar la talanquera. Una decisión del Consejo de Estado, en una de esas sesiones donde aparece el espíritu de Simón Bolívar, declaró la nulidad de la norma con la cual el Presidente establecía un orden. No era una mala idea. Pero al quedar inválida abrió las compuertas de los deseos reprimidos, la turbamulta de aspiraciones insatisfechas.
Así tuvimos la primera Constitución, coro de un país, censo de Jorge Zalamea, en la cual muchos despojos tuvieron una reivindicación. El cambio de la vida y sus urgencias era rotundo. A los nostálgicos que hacíamos el baño de mar en las playas de El Cabrero, que hablábamos con los micos y los papagayos en los patios sombreados, nos hizo falta una huella, de gentileza o de historia, de la carta de 1886. Esa precisión de la franqueza, a veces brutal, del Caribe, y las apretadas palabras del latinista de la sabana de Bogotá, con su modelo de sociedad posible y su amuleto de religión, dejó varios buenos artículos. Pero la Colombia de 1991 no estaba para museos. Sus tragedias insepultas dolían y enfermaban el alma.
Tal vez, esa Constitución de 1991, tiene una virtud: Mostrarnos como somos. Bulliciosos, feos, litigiosos, adictos a los pleitos, farragosos. Tierra fértil para abogaditos.
Sin embargo, nos quedamos esperando la gratitud, para quienes lucharon, por una Corte Constitucional.

Imagen: Escudo de la República de Colombia.

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