24 de marzo de 2017

Don Derek



Roberto Burgos Cantor

En el transcurrir atropellado del mundo, las muertes sin tiros, envenenamientos ni explosiones, quedan relegadas a voces piadosas, lamentos de amistad, pesares por pérdidas que disminuye el sentimiento de compañía.
Algunos periódicos conservan el espacio de los obituarios, nombre antiguo de los libros parroquiales donde el trazo eclesiástico asentaba entierros y defunciones. Fue una ocupación respetable que aparece en alguna de las novelas de Antonio Tabucchi. Los encargados de necrológicas se daban mañas para oponer al dolor por la muerte, la alegría de lo que significó en vida.
Se echa de menos la forma, o género periodístico, cuando el lector enfrenta el desgreño con que se contó el fallecimiento de Derek Walcott en algunos medios. Una celebración del lugar común, la indiferente conformidad, en versos del Tuerto. “…Las personas graves dirán: - ¿De qué murió?
Walcott estuvo en Colombia. Por aquellos años en que se organizaba la feria del libro del Gran Caribe. Caminó por las calles y avenidas de Barranquilla. Lo acompañaban Gustavo Bell Lemus, Alfonso Múnera, Heriberto Fiorillo y, el poeta de Zipaquirá, Álvaro Rodríguez, quien tradujo El Reino del Caimito. “En el ocio de agosto, cuando la mar es apacible, y se aquietan las islas, hojas morenas sobre este mar Caribe,…” El poeta de Santa Lucía le mostraba con risueño asombro, a su mujer, cómo los edificios tenían nombres. Le dijo: como en García Márquez.
Después se metió en el laberinto de Cartagena de Indias, en el golpeteo incesante del mar, en sus campanas puntuales para el ángelus y el anuncio de la noche entre murciélagos y pájaros marinos de vuelo atrasado.
De esas ciudades por las cuales anduvo, Jamaica, Trinidad, Guadalupe, Martinica, con casonas de madera empujadas por los huracanes, alambreras destempladas por los pájaros en su vuelo ciego, ámbitos interrumpidos por las edificaciones de hoy; ahora pisaba a Barranquilla y Cartagena de Indias. La Arenosa, nueva, agregaba la corriente del río, su aroma a tierra arrancada y pedazos de bosque amontonados en la desembocadura contra el mar color de ostra vieja. La heroica y bella apoyada en la eternidad de la piedra le regaló el silencio de los templos al anochecer. En todas respiró el olor del Caribe, su rastro de antiguas migraciones, sus secretos apenas rasguñados, una clave más para desentrañar el enigma, el que navega en la sangre y el que reposa en el fondo del mar.
Memoria de los pasos, en sus poemas de 2005, Hijo Pródigo, talló a Cartagena: “cuyas calles, si uno escucha a escondidas, hablarían castellano demótico”.
De ese mundo de esplendor caótico, Walcott, rescató el curso de una poesía. Afluente de lenguas. Enriquecido aporte a lo que nos pertenece: St.- John Perse, su tono majestuoso de ordenador del mundo. Aimé Césaire, el apropiador de lo no nombrado.
Ahora él. Para siempre.
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22 de marzo de 2017

El futuro

Miguel Sánchez-Ostiz

¿Y eso qué es? A cierta edad, y como mucho, no pasa de ser una repetición tenaz del presente, una larga espera a fuerza de recuerdos y el despeñadero inevitable a plazo fijo... Para saberlo no hay que irse a las metempsicóticas de los arrabales, como decía Baroja que hacía en el París de 1938-1940, y como hizo el pintor Solana, a que te echen las cartas del tarot, como me las echó a mí una gitana rubia, de mi edad, delgada y maliciosa, de manos y boca de nicotina, en las minas de Huanuni.
Hoy me he enterado de que el método de adivinación que yo creí genuino de los Andes, el practicado por los yatiris en las calles de La Paz y en las apachetas de la carretera de Oruro, y otras, consistente en echar plomo o estaño fundido, en una sartén, en un balde de agua y leer el futuro en la forma que coja el gurruño, era muy conocido en la Edad Media en las regiones del Rhône y del Saône, la molybdomancia, y que ahora mismo está de actualidad en los arrabales parisinos (barrios sensibles) gracias a las «brujas» del norte de África que hacen negocio con los miedos e inquietudes de gente acosada por el fantasma de la desdicha... Nuestras nadas poco difieren, sostenía Borges, nuestros miedos todavía menos.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (22/3/2017)
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Ch'uspas

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estoy rodeado de ch'uspas, bolsitas para llevar coca en las paredes, entre objetos africanos, afganos, indonesios. Son parte mía; vengo de lugares donde los nativos todavía las llevan, donde antaño inventaban kaluyos en las largas caminatas sin comida, solo pijcheo. Mucho se puede hablar de la coca, adorarla o vilipendiarla, pero ha sido parte fundamental del país y de su economía. Existían sembrados, míticamente anteriores a Tupac Yupanqui, en los yungas cochabambinos de Vandiola y Arepucho. Plantas de troncos con más de diez centímetros de espesor, bosques de cocales que eran patrimonio cultural, destruidos por las huestes del falso presidente indígena para congraciarse con gringos y narcos.

En estos días, el poblado de Culta, estancia perdida en los Andes orureños, ha resurgido de la nada gracias a la marcha campesina que llega a La Paz. Lo mismo de siempre: límites, discriminación, concejos municipales, cantones, etc. y los infaltables dirigentes que desde siempre atormentan, con consenso, a las poblaciones que no conocen otra cosa que la maldita verticalidad de los amos, sean patrones o autoridades locales.

Desde hace más de una década, un comerciante nacido en Culta -ahí escuché por vez primera este extraño nombre de un lugar todavía más raro- me provee de hermosos tejidos andinos. De apariencia humilde, el cultero me llevó a un lugar secreto en Pukara Chico, bajando por detrás del aeropuerto de Cochabamba, atravesando los agujeros llenos de agua turbia de La Maica, de donde se extrajo arcilla para las ladrilleras de la zona, y hoy exultantes de patos. Penetramos a una casa de medias aguas por la que nadie ofrecería un peso y de pronto apareció el tesoro de cientos, o miles, de awayos sobre tarimas de madera. Un par de millones de dólares, a costo, calculé. Afuera había telares grandes y evidentemente abandonados, resabio del intento de emprender tejidos por cuenta propia, hasta saber que el rescate es más rentable y productivo.

Hermógenes, le dije, eres millonario. Respondió con una sonrisa breve, casi un rictus, por haberse denunciado como empresario de éxito, de los tantos aymaras cuyas características económicas los emparentan con lo graneado de judíos, armenios y azeris en el mundo; quizá mayores aunque mejor mimetizados. Entonces me llevé dos: un tejido de Sacaca y otro de luto de Calcha. Doscientos dólares por dos piezas que valen mucho más pero que fueron compradas de los campesinos por Hermógenes u otros intermediarios en posiblemente la décima de lo que pagué.

Ahora, observando la unifacética y multicolor marcha de los comunarios de Culta, Bolivia volvió a mí con la pena y la suma de sus tremendas contradicciones. La pregunta está en cómo preservar las culturas modernizando de algún modo sus relaciones de poder y males endémicos como el abuso infantil, femenino, la colectivización de acción y pensamiento que vetan al que ose exponer una idea o accionar individual. Ya fuera del entorno, Culta en este caso, mi vendedor de awayos ha conocido las delicias del capital, a pesar de que su presencia y modo de vida no demuestran la orgía monetaria de la que dispone. ¿Astucia, miedo, costumbre? ¿Para qué tener y no disfrutar, o hay goces diferentes entre los pueblos y queremos empaquetar a todos en los cánones del placer occidental? Preguntas insalvables.

De Culta poseo un tejido. Modesto en relación a los de otras regiones: Pacajes, Potolo, Japo, etc. Pongo en Google mis cuestionamientos y me responde que Culta es el fin del mundo. No hay nada, o casi nada. Extraterrestre; y no lo es, sabemos. Marchan y marchan los hombres, metiendo mano en la ch'uspa para llevarse a la boca hojitas amargas, no sagradas. Frente a mí, a mi computador HP, en el incipiente verano de Colorado, EUA, cuelga una bolsita vacía de coca, con dos vizcachas rojas que corren hacia abajo, en medio de dos decorados y canchas verdes a los costados. El pasado es presente y sin embargo lejano.
03/06/13

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Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 04/06/2013
Publicado en SEMANARIO UNO (Santa Cruz de la Sierra), 14/08/2013


Imagen: Ch'uspas de La Paz, Oruro y Potosí

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19 de marzo de 2017

Historia de un renacido

Homero Carvalho Oliva

Esta historia es increíble y por lo mismo real. Nací desahuciado, un 24 de agosto de 1957, a eso de las nueve de la mañana, en la casa de mi madre. Muchos pensaron que mi progenitora, Janola Oliva Mercado, iba a morir porque ya habían pasado más de cinco días de la fecha de parto y yo me resistía a salir al mundo. La partera que la asistía no sabía qué hacer y algunos familiares y amigos ya “cafeteaban”, cual presagio de un fatal desenlace. Mi padre, Antonio Carvalho Urey, no estaba presente porque venía de Cochabamba en un avión que había contratado expresamente para traer el cuerpo inerte de su madre, mi abuela Raquel. Cuando al fin me animé a ver la luz del sol, el desasosiego y la angustia aprisionaron la mirada de mi madre, al ver que su hijo había nacido con el pie derecho como un puño. La pesadilla de toda madre se había hecho realidad y la mañana se hundió en la más oscura noche. Pasaron los días, el mal fue tomando mi pierna y, en el pequeño pueblo, en esos años, no existía un médico para curar dicha enfermedad que amenazaba con matarme. Hasta ese entonces nadie con esas características había sobrevivido en el pueblo.
La partera, intentando ayudar, trajo a una chamana movima y esta le aconsejó a mi madre que yo tenía que nacer de nuevo. “¿Nacer de nuevo? ¡Eso es imposible!”, exclamó mi madre. La sabia anciana le dijo que no lo era, que se podía y que tenía que meterme en el vientre de una de las vacas que, a diario, sacrificaban en el matadero municipal. “Los animales son seres como nosotros, porque en este mundo y en el otro todos somos uno y uno de ellos nos prestará su cuerpo para que el niño vuelva a nacer y le dará la fuerza para sanar sus huesitos enfermos”, afirmó la anciana. Desesperados, más no abatidos, mi madre y mi padre, aceptaron la extraña (por no decir asombrosa) propuesta.
Me metieron en el vientre aún caliente de un pobre animal, me dejaron allí por unos instantes y luego, lenta y cariñosamente, me fueron sacando, como si estuviera naciendo de nuevo. Cuentan, los que estuvieron allí, que la vieja hechicera me tomó entre sus fuertes brazos y, mientras decía unas oraciones en lengua movima, fue abriendo mi pie, cuyas articulaciones, que estaban rígidas, se habían ablandado por el calor del vientre vacuno; luego entablilló mi pie derecho y lo envolvió en un cuero fresco de un sapo gigante, que traía en su bolso milagroso; al secarse el cuero hizo las veces de un yeso natural. En unas semanas, mi pie, mi pierna y yo mejoramos notablemente.
Años después, cuando mi madre me llevó a la ciudad de Trinidad, para ver a un médico especialista, supo que se trataba de un caso extremo de poliomielitis acaecido en el vientre mismo; para entonces ya la enfermedad había sido espantada; sin embargo, volví a usar yeso, esta vez el genuino, solamente para asegurar que mi pie no me jugara una mal paso. Hoy, tengo un leve defecto en esa pierna y solamente me duele cuando hace frío, quizá para recordarme que algo sobrenatural me salvó de la muerte. A veces, tengo sueños en los que creo escuchar la voz de la anciana indígena lanzando oraciones al viento, para que los árboles y el cielo escuchen su ruego; las palabras me suenan familiares y, sin embargo, no puedo recordarlas cuando despierto, es como si saliera al día desde su corazón y solamente escuchara el latido de su piel acariciando mis ojos. La veo en mis huesos, ella está allí, en la profunda melancolía de mi dolor primigenio. Esas palabras son un mantra cuando las necesito y acuden a mí en el sueño nocturno.  


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17 de marzo de 2017

Aplausos campeón

Roberto Burgos Cantor

Pensaré la razón de por qué a personas que amamos o admiramos, al invocarlas antecedemos su nombre de un artículo: el Rocky, el Pambe, la Nicolasa.
Valdez perteneció a los boxeadores que llenaron una época del boxeo en Colombia. Peleadores que venían precedidos por campeones como Mochila Herrera, Rosito, Lían, El Baba.
Se recuerdan los combates de Caraballo, Rodrigo Valdez, Cervantes. Alguna gracia acompañó a estos hombres cuando subieron al cuadrilátero. El dicharachero, el que parecía que el ángel intervenía en sus movimientos, le aleteaba también en sus palabras, era el Benny Caraballo. Pura electricidad. Consultaré, antes que abandoné el saludable hábito de sorber un ron de Jamaica a las cuatro y media de la tarde, con esa biblia del boxeo, don Alfonso Múnera, para ordenar el ranking de los tiempos.
De Váldez queda un libro conmovedor de Melanio Porto Ariza. De Cervantes, un precioso texto con la sabiduría de escritor de Alberto Salcedo. De todos, los perfiles y las historias de esfuerzo de Nelson Aquiles Arrieta.
Quien estuvo cerca de los reflectores del espectáculo del mundo, sin cambiar su manera de caminar, se llama ( algunos consideran que la muerte borra los nombres de la vida) Rodrigo Váldez. Como los grandes artistas (¿habrá pequeños?) nos dejó imágenes inolvidables de la nobleza humana, de su aventura de dignidad, derrota, ilusión. Encuentro con un destino casi siempre producto de un azar fugaz.
El Rocky se adentraba al centro de la lona con un aguaje que nunca modificó. Adelante, para anunciar al contendor, sin equívocos, que aquí vine yo por ti. Un balanceo de lado a lado, bote cargado de cocos o plátanos que orienta su proa en la bahía de Las Ánimas. Ese movimiento lo lograba por una cintura que domesticó mientras miraba el cabeceo de las embarcaciones frente al Mercado Público.
La disposición de ánimo, las enseñanzas de la vida que considera cobardía echarse atrás, mantenían al Rocky en el centro de la lona. Era su espacio preferido. Como quién anuncia: ya que estamos aquí es mejor resolverlo de una vez, yo no soy miembro del ballet.
Cada vez entró a la zona de candela con esa galanura, sin remilgos, ni tomarse el tiempo que boxeadores prudentes llaman de estudio.
Los combates de esos años tuvieron la fortuna de la televisión. Aún para quienes fuimos entrenados en ver la bola caliente al sol de la tarde buscada por la manilla del servidor del destino, a punta de la magia poderosa de los inolvidables narradores de radio.
Quedan por siempre: el Rocky zampado entre los golpes de Briscoe, el rapado, dando y recibiendo, sin ceder. Hasta que lo tumbó. El muchacho de El Arsenal, un cuarto de cuchara, cuando había, contra esa locomotora de hierro, vitaminas y hamburguesas.
El tramojazo con que noqueó a Monzón y no se atrevió a tumbarlo. Sigue en el aire la nube de sudor que le sacó.
¡Buena vida campeón!


Imagen: Rodrigo "Rocky" Valdez golpeando al argentino Carlos Monzón (30/7/1977). Archivo El Heraldo.
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10 de marzo de 2017

Antídotos

Roberto Burgos Cantor

¿Si el mundo ampliado, y también incompleto, que nos atribula con avalanchas de nimias mezquindades, pleitos a muerte, y el funeral de la grandeza para resucitar, otra vez, la pequeñez de propósitos y la gusanera de la desesperanza, no tuviera algún oxígeno de redención, qué haríamos?
En aquellos tiempos: las catacumbas y la redención del milagro. Verdad o leyenda, alienta a los sobrevivientes del porvenir.
O la impiadosa locura del comercio de los esclavos negros. Su gesta de resistencia y huella de dignidad muestran lo que escribió Hemingway: hay derrotas pero no vencidos.
Y la Europa de siempre vuelta trizas por el Füher, su definido Adán. Entonces los rusos en el río Vístula. Los museos de Francia salvando el arte “degenerado”.
América nuestra, al encuentro de su destino. Apegada a la riqueza sin esfuerzo. A la tierra sin impuestos. Tolstoi pregunta: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?
Ahora hay que fortalecer los sentimientos que den sentido al porvenir que nos toca vislumbrar. Resistir pero empujando. Aceptar la convicción de que el destierro del paraíso nos permite vislumbrar una vida con sudor pero sin más castigos.
En medio de la avalancha diaria de lo que antes se llamaba robo y ahora corrupción; de las muertes como solución de diferencias; y todavía las ideologías de campanario oponiendo sus desvergonzados privilegios a la necesidad de reconciliación y paz; tanta miseria, qué encuentra el ciudadano¿? inerme, la mujer que ya no puede besar a su enamorado en el parque, la familia que insiste en invertir su escasez en la educación de los hijos, qué tendrá para resistir y salir adelante. Si, ¿qué?
En el desierto de salitre con serpientes, me he topado con antiguos consuelos que hoy la soberbia mercantil desprecia. Aquellos días en que las cajeras de un banco, los tenedores de libros de una empresa, los celadores nocturnos, los cadeneros de vías a medio hacer, las mujeres desoladas de las casas de placer, los profesionales, leían los poemas, las historias con los cuales alguien dejaba testimonio de la vida.
Ese encuentro de íntima libertad, le confería al lector una presencia espiritual que al dignificarlo lo volvía a la semejanza con el Dios que lo creó. Su relación con los otros se embellecía. No es poca cosa ponerle palabras a los sentimientos. Allí surge una ética unida a la belleza.
Recuerdan el poder de aquella frase de don Marcel Proust, a quien hay que leer por leerlo, sin ansias de terminar, aquella: La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar, y que no nos puede evitar nadie, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas.
O las imaginerías del hacedor arbitrario que inaugura las buenas maneras del matador: El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto…
Así Compa.

Imagen: Tolstoi.
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