25 de mayo de 2017

Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

Miguel Sánchez-Ostiz

Je me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.

Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aun me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa (por suerte algunos cogieron alas y sobrevivieron), de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacia relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor, de las dos cosas.

Me acuerdo de que los pensadores de Bandera roja o Estrella roja o algo, no sé, pero radical, descubrieron, con idéntico entusiasmo, la buena vida, los pesebres del Gobierno y hasta el neo-pop.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado, antes de ir «a visitar a Roca».

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de oficina, entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras (1º, izda.).

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

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Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana, 25/5/2017
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23 de mayo de 2017

Abolición de los faros

 Pablo Cingolani
 
Han muerto en silencio, como mueren los valientes. Han pasado a la historia, aunque fueron parte de su médula, de su sino, su hálito. No han recibido auxilio de nadie a pesar de haber guiado y socorrido a millones. Los faros ya no cantan. Los faros ya no sirven, como tantas otras cosas bellas, que han sido desechadas por ese avasallar de la ciencia, la tecnología y la psicosis, cambiados por botones lumínicos y aparatitos de plástico que nada dicen, nada evocan, no conmueven al espíritu. Dime, ¿qué emociones puede procurarte un GPS?
Faros, faros y faros. Anoto algunos que me cautivaron. El faro de Alejandría, el primero: imagino su doble luz proyectada hacia el tremendo mar y hacia el desierto, más insondable aún. Imagino sus fuegos besando dos arenas: las de la playa y las del erial. Imagino uno de esos fuegos, uno peregrino, iluminando con sus flamas, el oráculo, allá adentro, allá en Siwa. Lo imagino a Alejandro, viendo o creyendo ver o soñando esas llamas invencibles.
Otro. El faro del fin del mundo, el de la Isla de los Estados, en el extremo Sur, el faro de San Juan de Salvamento, el faro de la novela de Julio Verne: lectura obligada de la niñez cuando ser niño era soñar aventuras como las que leías en esas páginas, aventuras reales con mares, con ballenas, con montañas, con selvas, con gente en los caminos, con gente a la deriva, con tormentas colosales, con amigos. Con otros faros.
Uno más. El faro de Punta Mogotes: mi faro real, el de mi niñez también, pero tan real que hasta iba y lo rondaba, me internaba por las rocas musgosas, buscando tesoros del niño de seis, siete años que era, cangrejos, huesos de delfines, caracolas, alhajas, botellas, el final del roquedal, el inicio de la otra playa: sigo sintiendo el sabor del hallazgo del día que la descubrí con sus médanos gigantes, solitarios, salvajes.
Otro día, uno de esos veranos, me animé a seguir explorando hasta llegar a algún indicio, alguna señal, que me dijera dónde estaba. Encontré un cartel derruido que decía: Playa Dinamarca. Nunca olvidaré mis primeros afanes geográficos, el principio de mi amor por la toponimia. Luego lo anotaba en algún cuaderno con mi letra de niño, luego también daba rienda a mis impulsos cartográficos: trazaba mi mapa, mi mapa de niño, donde ya incluía sitios tan poderosos como la casa de mis abuelos (en cuyos potreros aledaños, moraban los sapos), la ruta a Chapadmalal, el faro y la playa de nombre inusual.
Hace poco, mi amigo Martín Castellano, me sorprendió con un dato que desconocía: el faro de Punta Mogotes, cuando la dictadura de 1976, se convirtió en un Centro Clandestino de Detención de los navales, un campo de concentración donde los militares ocultaban y martirizaban a los llamados “detenidos-desaparecidos”. Ahora, me contó Martín, hay un museo allí, donde se guarda la memoria del horror y la tragedia de aquellos días. El fue a visitarlo con sus hijos. Me estremeció saberlo. Pensé: como los marinos de Creta buscando Egipto, como los torreros, mi faro de la niñez también es un desaparecido.
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Pence, peor que Trump / MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mister Donald Trump está de viaje. Primero Arabia Saudita, fuente de inversiones por un lado y auspiciadora de terrorismo contra los Estados Unidos por otro; luego Israel; después Francisco papa. Tres religiones de un soplido. Un megalómano lo puede todo, según… Cualquier cosa para evaporar los problemas caseros, que incluyen espionaje, corrupción y traición. Hasta ahora las investigaciones en apariencia no conducen a mucho, a un par de personajes como el histérico general Flynn quien de acuerdo a arriesgados analistas es solo figura secundaria, siendo el magnate con su familia el núcleo de la relación con Rusia, desde hace al menos una década, mucho antes de lo que por ahora resalta: la elección presidencial del 2016.

Los problemas se agravan. El señor Trump, el mismo que mientras preside el país teje las redes para mayor enriquecimiento, hasta el ilícito, aprovechando su posición, anda de capa caída. Que es tenaz y furioso valga en su descargo. A pesar de haber sido a momentos un gran perdedor, es hábil para recuperarse e incluso sobresalir en sus vericuetos económicos. Pero dada su palestra actual tiene sobre sí la mirada de gente e instituciones que velan porque los Estados Unidos mantengan firme la imagen que quieren repartir al mundo, algo en lo que él actúa a diario para destruir o disminuir.

Da la impresión de la inevitabilidad de su caída mucho antes de que termine su mandato. Mientras rebuzna en el exterior, en países que a pesar de odiar EUA se desviven por agasajarlo, un sino casi trágico se prepara para su retorno. Incluso si en el mejor de los casos pareciera que obtuvo transacciones de mérito en su periplo, los que se embarcaron en la tarea de sentarlo en el banquillo acusado no cejarán en el empeño de arrastrarlo a la caída, acompañados de una prensa inteligente, rica, muy bien informada y contactada, a la que el presidente declaró tontamente guerra para satisfacer un ego personal y el hambre “americana” de sus seguidores analfabetos o semi-letrados.

Se ha escrito, incluso, que dentro del Partido Republicano hay rumores de que se deben deshacer de él. Tipo pesado, vanidoso y bruto, no siempre conviene a la retórica derechista que lo acompañó en la victoria. Además de intratable, insufrible. Rumores que llegan a extremos de sugerir que se declare a Donald Trump no apto para gobernar y poner a Mike Pence, el vicepresidente en su lugar. Aguardan, quizá sin buscar, el pretexto perfecto para iniciarlo.

Pence es como lo ha demostrado la cáfila en el poder, otro embaucador; eso sí, con halo de santidad. Viene de aquella especie común en la animalidad del norte, ultra religiosa y conservadora a muerte, de aquella que a veces ya no se pone la capucha del KKK porque los tiempos se transformaron un poco, pero que guarda cruces ígneas y negros ahorcados en lo profundo de la psiquis.

El vicepresidente representa un peligro mucho mayor para el país en el espacio político. Finalmente Trump, a pesar de una impuesta retórica republicana, hará lo que convenga al imperio personal. Por eso está dispuesto a transar con rusos, chinos, árabes, judíos, hasta con norcoreanos si se diera la ocasión de lucrar y sin atención a dudosos detalles. Es elegir entre un corrupto y un iluminado (en el mal sentido) que desearía reencaminar las costumbres hacia el ascetismo (que no excluye riqueza) hipócrita donde los homosexuales son considerados enfermos. Pence apadrina la idea de tratar el homosexualismo con prácticas que implican tortura, que a través de dolor e imposición el individuo se “regenere” y participe de la sociedad creyente y pura. No solo lo dice, lo cree, y ahí uno de entre los muchos peligros que su ascenso traería, con el poder de su firma en mano y la convicción de que “América” es blanca, protestante, eterna.

22/05/17
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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), y en el blog del autor, Le Coq En Fer, 23/05/2017

Imagen:
1 Michael Ramirez
2 Habild
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21 de mayo de 2017

Los mexicanos de Rulfo en los Estados Unidos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me ocurrió con los rusos, a pesar de que un buen porcentaje de los que llegaron a Denver en los años noventa eran judíos, armenios, kazajos, rusos blancos. Miraba a esa gran población migrante que de pronto había venido a ocupar puestos de trabajo en la gloriosa era Clinton, donde el dinero fluía a patadas y “América” era esa del sueño y la leyenda. Llenaron posiciones menores, de peones por usar una palabra, aunque no era la suya labor agrícola. Hice amistad, devoré borsch con crema agria y eneldo; los catliets ucranios eran oblongas albóndigas de inolvidable sabor, tal vez debido a la cantidad de masa grasosa; dulce es la muerte.

Observándolos, me pregunté muchas veces si estos podían ser aquellos de febrero y octubre del 17. De indisciplinadas costumbres, poco aseo, escaso interés en lo que convenía al colectivo; parecía que no. Claro que los hechos sociales no se guían por minucias como las de la aversión al agua o la borrachera perenne que en los edificios de apartamentos de Valentia Street teníamos con vodka. Poco a poco me di cuenta que sí, descendientes directos de los milicianos subidos sobre los carros de asalto para escuchar a Dybenko. Es más, eran ellos, muchos pequeños y esmirriados, lejos de la idea que tenemos del ruso, los que habían correteado a los alemanes hasta Berlín.

Pues lo de los mexicanos vino a ser narración similar. Mi vicio con la cronología y los héroes, en medio de una masa que hacía de rodillo histórico que permitía descollar a los líderes, me llevó a observar a los vecinos, compañeros de trabajo, al vendedor de elotes con mayonesa y mostaza en las tardes de otoño; la vendedora de pan dulce, la tamalera, cuyos rasgos eran tan dulces y tan fieros como soldaderas entonces, y tan serios y cojonudos ellos, los machines, vendiendo helados hoy o como cuando morían en las cuerdas de Pancho Reatas, según le decían a Francisco Murguía, constitucionalista y carrancista, ayer.

No cabía duda: los mismos pelados de la revolución. Chaparros, en su mayoría, gente por la que la patronal gringa no apuesta un peso, tan insignificantes aparentan ser. No encontré sino en un par de ocasiones bigotazos clásicos entre los norteños; mucho bigotito tipo sobaco de niña denunciando la sangre india, el pueblo labrador, hacia el centro y hacia el sur. Por un lado la humildad del que siempre ha sido pobre; por otro, el orgullo que caracteriza a su nación -en general- y que les hace despreciar la muerte por ser vieja poco cachonda y “jedionda”. Cuanto antes, mejor.

Los mexicanos de El llano en llamas vivían alrededor. Dichoso yo que trashumaba la gran literatura tocando a la puerta, escuchando el verbo, sin necesidad de acercarme a la academia. Leí a Rulfo entre los amigos coculenses de un Jalisco bordeando ya Michoacán. Sentí el polvo, lo olí, Sahuayo y Comala, un humo que se arrastraba desde el volcán de Colima para ennegrecer el cielo también pesado de cuervos. Pensé en Joaquín, mi padre, que me hacía leer a Martín Luis Guzmán a mis diez años.

En un festín de tacos: al carbón, de carnita, lengua, tuétano y ojo, contemplé en un mexicano sesentón a Pedro Páramo. Se apoyaba en la baranda de un centro vecinal para fiestas, con un fondo de piscina, y echaba pausadamente chile casi guindo sobre la carne humeante. Le pregunté de dónde era; no quién porque lo sabía de antemano. “Gómez Balazo”, respondió casi con rictus mientras le chorreaba el ají de árbol por el costado canoso de la barba y se lamía los dedos ensuciados por las diminutas tortillas. “Un gusto”, y me alejé. Solo faltaba el traje negro y viento de angustia. Pero esto era Colorado y lo negro del crepúsculo no lo es tanto como al sur.

Por supuesto Gómez Balazo no existe. Bueno, sí, pero se llama Gómez Palacio, ahí entre Durango y Coahuila. Y no es que Pedro Páramo se burlase de mí, de allí venía, de la muerte, y no huía de ella sino que la trajo consigo para cuando llegue el tiempo de noviar y acostarse.

Si Macondo fue de lluvia, Jalisco de polvo fue. Al ventear, lo que se levanta del suelo y vuela por el aire puede ser fina arena, ceniza, pueden ser muertitos que fallecieron con sonrisa en labios porque se les frotó el cuerpo con vino, por donde entrarían las balas. O angustiados. O indiferentes, remojándose los labios mientras les acomodan la soga. Aquí van a morir valientes…

Claro que son los de la era revolucionaria. En la noche puedo sentir los pasos cortos de gente que llevó eternamente guaraches. Los de Rulfo, seguro, si parece que sus páginas se escriben alrededor, mientras cuecen carnitas de color naranja en discos metálicos.

Cada uno de ellos, los mexicanos cotidianos, los que te traen atole con tamarindo y tamal con epazote y son dicharacheros, maliciosos, reidores, llevan detrás, se les nota, muy poco miedo y harto de tragedia. También crueldad, lo he percibido. También piedad.

16/05/17
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), y en el blog del autor, Le Coq En Fer, 21/05/2017
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19 de mayo de 2017

La paz, carajo

Roberto Burgos Cantor

Ante la agitación de los días, algunos escritores volvemos a la pregunta sobre la identidad. Tal interrogante angustia cuando percibimos las maneras distintas de recibir, asumir, discutir, los hechos que influyen en la construcción no terminada del país.
Un pasado insepulto impide soñar y levantar el futuro. Las explicaciones de una anomalía así pretendemos encontrarlas en sentencias de antiguos gobernantes que se erigen en oráculos del desprecio, o la impotencia, o las ansias de un pedazo de mármol.
O quienes se pretenden sobrevivientes del latín, repiten con solemnidad, interpretaciones de bromas de la literatura, como los de García Márquez o Borges.
¿Qué somos? Si acaso somos.
¿Qué fuimos? Si lo supimos.
¿Qué seremos? Si de verdad alienta un deseo.
Parecería que todo sirve para separarnos más. Entretenidos en el juego macabro de matarnos, nos encanta confundir, engañar, aprender trucos.
Los encuentros primigenios, sociedades de culturas diversas, fueron unificadas con la imposición de una fe traída, una lengua impuesta, y el inmisericorde despojo de cuanto tuvimos.
Después las fusiones violentas con quienes arrastrados a la fuerza, sufrieron la crueldad y las acomodadas clasificaciones espirituales.
Liberados del coloniaje, los procesos independentistas generaron más diferencias. Caudillos fracasados se conformaron con fechas y banderitas, himnos de rataplán, escudos con figuras que el implacable tiempo desmiente. Un canal que nos robaron. Un gorro. Un cóndor que se extingue después de arrancarle un dedo a Alejandro Obregón para que no lo pintara.
El hombre de la gloria dijo, aquí cerca, en la lucidez dolorosa que ofrece el Caribe: si mi muerte contribuye. Y nada. La muerte si contribuye a la soledad de los vivos. Pero aún no lo dejan descansar en paz. ¿De dónde ese vicio de confundir la historia que sucedió, su inexorable límite temporal, con un designio que amarra el posible futuro?
Parece que tantas dificultades no resueltas nos hacen aptos para ser continuistas de los empeños fáciles, odiar, vengar, lucrarse, sin escrúpulos para los privilegios, activistas del interés personal.
Un escrutinio de los días, a lo mejor muestra una incapacidad para rodear y apoyar las empresas grandes, generosas, de virtud evidente que con su bondad unen, llaman al futuro.
Así la paz.
Pero no: a pelear por los tres pesos, el subsidio. ¡Jerarquiza compadre!

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De BAÚL DE MAGO (EL UNIVERSAL), 19/05/2017

Sugiero Leer, 19/05/2017

Imagen: Wilfredo Lam/La mañana verde
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A Luis Guaraní, cineasta

Sabaya, Bolivia.
Pablo Cingolani


Atrapado en azul
tengo un amigo obstinado.
De él y su obstinación
son las imágenes que sueña y plasma.
Como caracol, va con fervor
va con su casa, va con su cámara.
Va hasta Sabaya.
Yo sé: iría hasta el fin del mundo si hiciera falta.


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