26 de abril de 2017

Desayuno en Rockville /CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Viví tres meses en Rockville, Maryland, en una calle de árboles, sin autos ni peatones.

Rutina de lunes a sábado. De la casa al trabajo, a comer y a la casa. La noche del sábado era libre; dormía tranquilo, normalmente. El domingo salía temprano. A un kilómetro estaba el almacén. Compraba tortas, galletas, un galón de leche de chocolate y me iba a una hondonada en la cual había una mesa y un banco. En la pared los graffitis hablaban de revolución. Los pintaba “Black Flag”.

Pocas veces he tenido tanto placer. Desayunar en silencio, abrigado en la brisa de otoño. Maryland alrededor todavía verde. Un libro conmigo. Solos yo y la mañana.



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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 09/02/1992, y en el blog del autor, Le Coq En Fer, 16/04/2017
Imagen: Honoré Daumier/Hombre leyendo en jardín
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25 de abril de 2017

Piñera, el estadista

Gonzalo León

Alcancé a disfrutar del gobierno de Sebastián Piñera sólo un año, desde su asunción hasta finales de abril de 2011, en ese tiempo las manifestaciones sociales fueron contadas: recuerdo el 1 de Mayo del 2010 al que fui en compañía de un pequeño grupo de escritores; la gente en la Alameda, convocada por la CUT, era exigua, tan exigua que Carabineros contabilizó dos mil. La cantidad pudo ser más, pero en ningún caso sobrepasar las diez mil personas, de hecho los efectivos de Carabineros se notaban, de ahí que pudieran cortar la manifestación y detener a los clásicos anarquistas que se ponían al final de las marchas.

Hubo un clima de “paz social”, como le gusta llamar a la inmovilidad social a la derecha, durante todo el año 2010 y parte del 2011. Pero las cosas empezaron a cambiar; el problema es que mis amigos y yo no lo notamos porque estábamos pendientes de los discursos del Presidente, especialmente cuando quería demostrar que sabía más de lo que realmente sabía y terminaba equivocándose terriblemente. Estas equivocaciones derivaron en una sección especial dedicada a él en un semanario. Mis amigos y yo pretendíamos que hubiera una oposición fuerte, como la que hubo durante la dictadura, con protestas, bombas molotov, desmanes, etcétera. Nos costó reconocer que el gobierno de Piñera no era ninguna dictadura, sino un gobierno liberal de derecha y, por sobre todo, democrático, que tenía silenciados a los elementos pinochetistas de la UDI por el bien del país.

Todos saben lo que vino a partir de mediados del 2011: las multitudinarias manifestaciones estudiantiles se caracterizaron por su originalidad y por su carácter familiar, donde los elementos violentos no tuvieron cabida. Pero tal como los elementos violentos no tuvieron cabida, tampoco ninguna clase de represión. Piñera quizá estaba preparado para otro tipo de protestas, no para éstas, pero pensó rápido y decidió aguantárselas, y creo que ahí radicó una de sus virtudes como Presidente. Piñera, y esto se lo reconozco con la distancia que dan los kilómetros y los años, supo gobernar con estas manifestaciones, pero también con una aprobación que en los tres últimos años de su mandato estuvo por debajo del 20%, es decir que por actuar como actuó perdió la aprobación incluso de algunos de sus partidarios, los más duros que esperaban una dura represión. Piñera no se desvió de su camino: planteó un gobierno liberal de derecha en campaña y eso fue lo que hizo. Lástima que ahora esté en otra.

Mauricio Macri, en cambio, planteó una campaña que dio la idea de que iba a parecerse mucho al gobierno de Piñera. De hecho los primeros meses, con la gente inmovilizada o en paz social, me hicieron pensar que su gobierno iba a ser el calco al de Piñera; sin embargo, transcurrido el tiempo empezaron a aparecer las diferencias, como el cuestionamiento de parte de funcionarios de su gobierno sobre la cifra de detenidos desaparecidos (en vez de treinta mil se empezó a hablar de ocho mil, pese a que el gobierno de Estados Unidos había desclasificado documentos que indicaban que los mismos militares argentinos habían reconocido veintidós mil hasta finales de los 70) pero además se produjo un ataque a los inmigrantes (bajo la excusa de que se dedican al comercio callejero que es ilegal), a los pobres (bajo la excusa de que son flojos y tienen que laburar para disminuir el déficit fiscal), a las mujeres (porque el feminismo es una forma de kirchnerismo y el kirchnerismo es el demonio), a los docentes (porque tienen que laburar). El gobierno de Macri está demostrando, a diferencia del de Piñera, que es un gobierno conservador de derecha, es decir que es como si gobernara la UDI en Chile. Macri como Presidente no tolera el disenso y por eso que las protestas sociales están siendo reprimidas y condenadas por los medios de comunicación afines, que en la práctica son casi todos.

Si en campaña Macri prometía un país donde todos pudieran manifestar sus opiniones, lo cierto es que en la práctica nada de eso ha ocurrido. Hay una torpeza en el gobierno de creer que porque la sociedad decidió a fines del 2015 correrse a la derecha toda la sociedad argentina piensa como un persona de derecha, y la verdad es que la democracia no funciona así: no se trata de que si yo gano las elecciones, el resto tendrá que pensar como yo y no contradecirme, porque las urnas así lo indicaron. Ni Cristina Fernández se atrevió a tanto. Cristina, al contrario, invitaba al disenso, a veces exageradamente, y “canchereaba” con eso. Hoy es difícil manifestarse contra Macri, a no ser que uno quiera quedarse sin trabajo, irse en cana o, en el mejor de los casos, ser apaleado por una policía que, a diferencia de la chilena, no está preparada para reprimir.

Dudo seriamente que Mauricio Macri pudiera seguir gobernando con manifestaciones y con la escasísima aprobación que tuvo Piñera durante tres años, no está preparado para eso, tampoco sus cuadros políticos lo están. En este sentido cabe hablar de Piñera, el estadista. Y es que cuando uno está lejos es capaz incluso de valorar un gobierno de derecha que pudo haber sido incompetente, pero al menos fue decente.


*Publicado en revista Punto Final y en el blog del autor (25/4/2017)
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23 de abril de 2017

Novela que se escribe de noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No puedo decir qué es, ni qué se llama, o por dónde va, pero que no viene de la pestaña sino de ojos bien abiertos, acostumbrados por décadas a luces de neón, de helio, blancas, verdes, naranjas, de foco de 25W afuera en sillpancheras ya muertas en el Kullku o rojos de mancebía atolondrada y varia.

Que la escribo, lo único, y con dificultad, no porque no tenga memoria ni voz ni sobre todo oídos, sino porque nos guían los relojes, los que encierran la noche (que debiera ser eterna) en algunas horas breves, no suficientes para imaginar y convertir en reales los mundos que aprehendo.

Y la lengua, objeto animado y voraz, caníbal que no respeta reglas ni academias, que vive y husmea sin fatiga como las escondidas musarañas. Cuando creí dominar un idioma supe al primer día que había fracasado. Nada está dicho, por escrito que esté, y menos santificado; lengua, idioma, jerga, variantes, orígenes, desviaciones, neologismos, arcaísmos. Leo a un admirado amigo que dice que nos pasamos repitiendo, reescribiendo lo ya trillado, tal vez lo único que tuvimos que decir. Pero, y esto en calidad de emigrante/inmigrante, descubro que no, lo que me alivia, porque lo peor, creo, sería cansarse de uno mismo. De la mujer, quizá, pero inventaron la expresión “amor” cuyas connotaciones esotéricas maldicen a los creyentes que desoyen los gritos de lealtad. Se comete falsía, se es infiel, y luego de retorno a la redada, al gremio de los cariacontecidos, los buenos y los tontos. Quizá los afortunados. Pero en cuanto al habla, luego alumbrada en escritura, es la geografía la que mortifica, al revés del cansancio, de no tener tiempo para captar sutilezas y sinuosidades, averías y desdenes que nos renovarían por siempre y para siempre. La clepsidra se vuelca a principio y fin, pero solo para lo efímero y carnal que somos, para el lomo y muslo animal que poseemos a pesar de cualquier pretensión. La de escribientes, verbigracia.

¿A qué va esto? A que luego de más de treinta años de hacer borrones, manipulando un escueto número de miles de vocablos, matizándolos con emociones a veces afortunadas o jodiendo la palabra con jerigonzas, me gusta advertir que cada página me está costando una noche, un precio muy caro si retornamos al asunto de la escasez y de la luz que mata vampiros; es posible que con tanta muerte salga un engendro jugoso que valga pizca más que los treinta denarios del Cristo. Lo vamos a saber, un día, si los búhos gigantescos que pueblan las ramas de la ciudad de Centennial no secuestran los ánimos y los destrozan como a ratones, o me ahogue yo en el dique penumbral por el que atravieso manejando el auto a velocidad dado lo invisible que soy, y que me siento entonces.

Hay un dolor que supera el crujir de las rodillas de cincuenta años, lo cegato de estos anteojos comprados en Walmart a dos dólares, y es saber que tienes a mano una pepita de oro, un carbón dicho diamante y que quizá no tengas la destreza de manejarlo, de pulir aristas y añadir quilates. Hay que intentarlo, sin embargo, con las limitaciones de tu talento, felizmente sin ninguna (¡vade retro!) ofuscación de fama y por encima de la ruidosa manifestación de los relojes. Al menos no hay campanas de iglesia que suenen en estos pueblos infieles, aunque… a decir verdad, me encantaba esperar el mediodía en la vieja plaza 14 de Septiembre, no la nueva, y escuchar las campanadas de la Compañía. Recuerdo, tengo que registrarlo, en el magnífico Los ríos profundos, el ronco tintinar de la María Angola…

Pues heme de nuevo sentado en silla africana de madera parda, acomodando hojas, cuartillas, servilletas y listas de compras con notas que vienen al caso de producir una novela. Más fácil me sería hacer cine, que las imágenes quitan el desasosiego de querer explicar sin posibilidad de hacerlo. Igual con los colores, porque cómo describo sin acuarela el paso de la sombra total a un sepia con tintes amarillos y naranjas sin ton ni son. No hay cine, cámara, o Ava Gardner; tendré que conformarme con lo prosaico del diecisiete de abril del año diecisiete, con el café con leche enfriado y una dura mitad de galleta con chocolate chips.

La luz interior del Honda parpadea, la batería muere a las doscientas mil millas. El resto de la página lo escribo a oscuras, con letras grandes según corresponde a la grafía de un novel analfabeto.

04/2017
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), y el el blog del autor, Le Coq En Fer (23/4/2017)
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22 de abril de 2017

Che Guevara: Acotación al margen

Pablo Cingolani 
 
“Las estrellas veteaban de luz el cielo de aquel pueblo serrano…” –de repente, con esa economía de palabras que se valora y se aprecia, el texto nos transporta y comenzamos a volar hacia allí, hacia algún lugar de la América Profunda, hacia la noche eterna de esos lugares inmemoriales que habitan nuestras montañas, el corazón del corazón de nuestros sentimientos de arraigo, de pertenencia, de pasión por esta tierra, así ésta sea puro desgarro. El texto sigue acechándonos con su poética: “…y el silencio y el frío inmaterializaban la oscuridad”.
Así da inicio Acotación al margen, un escrito tomado de las notas de viaje que hizo Ernesto Guevara de la Serna cuando a los 23 años se embarcó en una travesía que uniría Argentina con Venezuela durante nueve meses junto con su amigo Alberto Granado. Viaje iniciático: Ernesto comenzaba a romper la crisálida que, con los años, lo convertiría en esa figura legendaria, en esa mariposa tierna, dura, feroz y combativa, que el mundo conoció como Che.
Buen escritor era Guevara. Algunos insinuaron que de no haber seguido la ardiente huella de la revolución, el mundo hubiera ganado un literato tan renombrado como el guerrillero que fue. Son conjeturas que, de seguro, harían sonreír al propio Che. El mismo cuenta en sus memorias de la guerra de liberación de Cuba como eligió –siendo médico titulado y médico de los insurgentes- el fusil en vez del botiquín porque estaba convencido que así se curarían millones de seres humanos de las laceraciones que provocan la desigualdad y la injusticia, que la revolución sanaría todas las heridas históricas de los hombres, que la mejor medicina contra los poderosos y sus enfermedades eran las balas.
Esas claves ya están presentes de manera señera y contundente en Acotación al margen. Es allí, en el medio de la noche serrana, donde el futuro Che recibe la “revelación”, como el mismo la designa. Se ha resaltado siempre el humanismo guevarista pero hay escasez a la hora de señalar su lado místico.
Se ha dispersado por todos los confines de la Tierra su herencia de audacia y de amor al pueblo y a su causa, el legado de pureza, de coherencia, de entrega y compromiso que el Che enalteció a lo largo de su vida, incluso hasta el día de su muerte, asesinado en la escuela de La Higuera, otro confín pero en Bolivia, pero el misticismo guevarista –evidenciado en varios pasajes de sus notas de viaje pero escrito con una elocuente majestad en el final de esas notas, en Acotación al margen- no ha encontrado el mismo eco.
¿Será porque ese misticismo es una invocación febril al sacrificio, al heroísmo, a la inmolación si es necesaria, a la redención por sangre y eso no cuaja en un mundo que ha aceptado mansamente las imposiciones de un poder omnímodo que nos secuestra la piel y nos mutila el alma a diario con sus violentas mentiras y sus no menos atroces manipulaciones?
Hay en el alumbramiento, en la revelación que experimenta Guevara, mucho de profecía, demasiada: Acotación al margenes, a la vez,  una especie inédita de epitafio.
Vemos al hombre, joven, hombre al fin, exaltado, exultante, frente a la epifanía de –diría Kusch- rozar con los dedos a la divinidad y sentir en todo su cuerpo el llamado del destino: la misión en la cual navegará su vida hasta que la muerte se lo lleve a otros mares y otros destinos.
“El gran espíritu rector”, así lo nombra, lo desnuda y se brinda y Guevara lo deja entrar hasta el rincón más íntimo de su ser con ese fervor inaudito que sólo atesoran los justos de corazón, los limpios de alma, los amantes de la verdad, los poetas del silencio, los guerreros que no se rendirán jamás.
Hago un puente sentimental y digo que la sierra se asemeja mucho al desierto y que en estas acotaciones al margen de un viajero-aventurero del siglo XX en busca de su morar en el destino retumban también esas verdades que otro hombre puro y pleno como El Che, pero en la lejana Galilea, sermoneó en su montaña.
Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia –sentenció un tal Jesús Cristo en los eriales de Asia- pues de ellos es el reino de los cielos. Esto es seguro: un cielo rojo sangre, un cielo de purificación, un cielo rojo y negro, un cielo revolucionario y bermejo, es el que ampara eternamente al caído en combate en la quebrada del Yuro.
Acotación al margen es un relámpago de extraña fascinación. Es un tajo, como señala el propio Ernesto en su escrito, un tajo en la conciencia, en la ética, un tajo en la inspiración que debe animarnos. Acotación al margen es el texto más terriblemente bello que escribió Ernesto-Che Guevara.
Mi texto también es una acotación al margen en torno al legado de uno de los seres humanos más extraordinarios de todos los tiempos, “uno de los nuestros, quizás el mejor”. Es, a la vez, un homenaje a su memoria viva, ahora que se cumplirá medio siglo de su partida a la inmortalidad.
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19 de abril de 2017

El sonido del viento (fragmento)

EMANUEL MORDACINI

Me levanté cerca de las diez; mamá no estaba. La mañana era gris y fresca. Respiré con alivio, pero la calma no duraría mucho, así que decidí aprovechar esos pocos minutos en soledad de la mejor manera posible. Era como si la casa me rechazara, como si todo el pasado encerrado allí luchara por escupirme. Me froté los ojos, me desperecé por tercera vez y me desplomé sobre el sofá. No sabía por dónde empezar, me sentía una forastera dentro de mi propia historia. Solamente pensar que en pocos minutos tendría que enfrentar de nuevo a Sofía me crispaba los nervios. Sentía como una espina atravesada en el estómago. Miré el reloj; eran las diez y cinco minutos. Revisé mi celular; había un par de mensajes de Axel que contesté presurosa. Navegué un rato en Internet, chequeé mi face y escribí algunos tuits subidos de tono. Me levanté del sofá y caminé hasta la cocina. Había una nota de Sofía pegada con un imán en la heladera:

FUI A HACER UNAS COMPRAS, VOY A TARDAR UN POCO, EN LA ALACENA HAY TÉ, CAFÉ Y FACTURAS, SERVITE A TU GUSTO.

MAMÁ

Me pregunté a qué hora habría escrito Sofía esa nota ¿A las siete, a las ocho, a las nueve? ¿Cuánto tiempo era para ella “tardar un poco”? Fui a la alacena; en una bandejita de telgopor había cinco facturas con crema pastelera y dulce de membrillo, la caja de té estaba en el estante de arriba. Agarré todo y fui hasta la mesada. Llené la pava con agua y la coloqué encima de una hornalla encendida, tomé un saquito de té y lo coloqué dentro de una taza de cristal. Agarré una factura y me la llevé a la boca; la devoré en tres o cuatro bocados. Agarré otra, ídem. A la tercera la dejé por la mitad. Vertí el agua a punto de ebullición dentro de la taza y esperé unos minutos, cuando la infusión estuvo a mi gusto tiré el saquito a la basura. Después de agregar tres cucharadas de azúcar me dispuse a tomar mi té de a pequeños sorbos. Fue reconfortante, como si grageas de un tímido verano se licuaran en mi garganta alejándome del siniestro invierno que se debatía afuera. El tiempo corría y Sofía podía aparecer en cualquier momento; con ella nunca se sabía. Disfruté del té sin demorarme demasiado, una vez finiquitado el asunto limpié la taza y devolví todo a la alacena. Mi celular comenzó a vibrar con más mensajes de Axel. Mi novio me revelaba una faceta absorbente que yo desconocía. Desde el comienzo lo había puesto al tanto de mis vericuetos familiares. Sabia de mi madre loca y, por supuesto, sabía también de Estefanía. Me dijo en algún momento que Stefy y yo éramos como Mina y Lucy, las protagonistas de la novela Drácula. Recuerdo que la comparación me llenó de ternura, y que ese año releí de un tirón el libro de Bram Stoker. Efectivamente, había en mi relación con Estefanía ciertos indicadores que remitían a esa novela y a esos personajes en particular: nuestras conversaciones nocturnas, nuestra ambigua complicidad, esas cartas interminables en las que jugábamos a adivinarnos, la aceptación total de nuestros respectivos universos. Prendí la TV; no encontré nada que lograra interesarme. Mi ansiedad crecía a medida que pasaban los minutos. Esa no era mi casa, no tenía por qué estar allí. Mis sienes latían, la tristeza de a poco empezaba a llenarme. Estuve a punto de entrar en pánico, pero la crisis se disipó y de nuevo me encontré sumida en una tensa calma. Volví a sentarme solo para ponerme de pie inmediatamente, como impulsada por un resorte. Salí un rato al patio; el aire fresco de la mañana consiguió despejarme. Tenía en la garganta un reflujo a teína y crema pastelera. El cielo seguía encapotado, con irregulares agujeros celestes por los que se filtraba la luz de un sol pálido y desganado. Una mierda todo, pensé para mis adentros. Una porquería. Ya eran más de las diez y media ¿A qué hora regresaría mi vieja? El patio tampoco era el mismo, había menos césped y bastante más cemento, como en la plaza central de Las Rosas, como en todo el maldito pueblo. El tendedero languidecía bajo la luminosidad mortecina. Las prendas de Sofía (bombachas, corpiños, camisones, pulloveres, buzos, fajas, camisas, pantalones) colgaban como fantasmas aburguesados mecidos por la brisa. Volví a entrar, aturdida por el aburrimiento. Crucé el zaguán con pasos rápidos, como si caminara sobre brasas. Centímetros antes de llegar al living escuché el sonido del automóvil de mi vieja. Sentí una descarga, una punzada en las tripas, me vinieron arcadas y estuve a punto de cagarme encima. Me detuve en la sala y quedé allí, estática, con la mirada fija en la puerta. El aire pareció estancarse de repente, la atmósfera se volvió insoportablemente pesada. Pensé en correr hasta el sofá y dejarme caer ahí, pensé en regresar a mi habitación y hacer de cuenta que recién me levantaba, pensé en huir al baño y sentarme en el inodoro y soltar todo lo que tuviera que soltar, pensé muchas cosas en los segundos que mediaron entre que cesó el ruido del motor del coche de Sofía y se abrió la puerta de la sala. Pensé en atravesar la ventana de un salto y perderme calle arriba, pero quedé ahí, clavada en el piso como una princesa embalsamada, sin atinar a nada, sin pensar en ninguna cosa. Vi el picaporte moverse, la puerta abrirse lentamente descubriendo de a poco una sombra difusa, sentí una ventisca fresca acariciarme el rostro, vi a Sofía entrar cargada de bolsas, recordé el inicio de su nota pegada con un imán en la heladera: FUI A HACER UNAS COMPRAS, VOY A TARDAR UN POCO… Eran más de las once y media.




Imagen: Dorian Vallejo



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17 de abril de 2017

Nostalgias franquistas



Miguel Sánchez-Ostiz

Que el sistema político español protege al franquismo, como régimen dictatorial, con apoyos policiales y judiciales, queda ahora mismo fuera de toda duda. Son los hechos, del dominio público, los que hablan como pruebas eficaces, y a diario, por mucho que los medios de comunicación afines al Gobierno los quieran silenciar, los tergiversen o los apoyen de manera expresa. No sé qué puede resultar más escandaloso (si todavía hay algo que consiga serlo), que el Gobierno declare que la exaltación o enaltecimiento del franquismo no es delito, que consienta que la Fundación Francisco Franco conserve documentos considerados como secretos de Estado o que un juez de clara inclinación política, exsenador del PP, admita a trámite una querella contra Wyoming y Dani Mateo por una burla sobre el monumento de Cuelgamuros, que no hace sino expresar lo que una parte significativa de la sociedad española opina de esa construcción y de su significado. Dicho sea de paso, querer convertirlo en un monumento «a la concordia» por decreto es un abuso y un agravio… y una sandez. El Valle de los Caídos es lo que es y fue construido como fue construido, por mucho que historiadores afines al régimen franquista sostengan en su apoyo que quienes allí trabajaron lo hicieron poco menos que por gusto. Sus muros fueron rellenados, sin contar con las familias en muchas ocasiones, además de con los restos de los «héroes», con los de personas «sacrificadas» –pues esa es la expresión que figura en documentos oficiales de la Guardia Civil encargada de esas exhumaciones– y enterradas en campo abierto de las que ni siquiera se pudo establecer identificación alguna

La represión gubernamental que ha caído sobre humoristas y no humoristas ha tenido el efecto de radicalizar el discurso de la disidencia, de modo que los «chistes» sobre Carrero Blanco o el Valle de los Caídos se han convertido en un aluvión, en claro desafío y respuesta a la demencial sentencia caída sobre la tuitera Cassandra. Burlas y feroces veras. A propósito, ¿esos chistes son sobre o son contra? Yo creo que son contra, pero no contra alguien en concreto, ni mucho menos contra las víctimas del terrorismo, sino contra la ideología que inspira el actual Gobierno español: policiaca y autoritaria. Esos chistes valen por columnas de opinión o editoriales, por tomas de posición y por gestos de rebeldía.

Por otro lado, la reescritura de la historia reciente y menos reciente a favor de las tesis ideológicas de una derecha de resabios franquistas es también un hecho. No es casual que cundan las noticias de incumplimiento sistemático o malicioso de la Ley de Memoria Histórica, de homenajes al franquismo –acompañados de exaltación de sus himnos, banderas e imágenes–, no solo como nostalgia de una dictadura y de la represión policial y judicial que la sostuvo, sino como afirmación del lado más oscuro de un régimen autoritario, el actual, que carece de la mínima empatía hacia las víctimas del franquismo. El propio presidente de Gobierno fue un valedor expreso del franquismo, un heredero feliz, como lo fue quien fundó el PP, un franquista convencido, activo y ruidoso, amigo de los tumultos autoritarios y de tomar la calle a tiros: Manuel Fraga. ¿Revisionismo? Ni tanto, mejor hablar de pervivencia, todo lo travestida que se quiera, pero pervivencia al fin y al cabo, de un régimen y sus instituciones que han proyectado su sombra espesa en el periodo democrático hasta ahora mismo.

No cabe hablar, me temo, de casos aislados ni de formas de expresión epigonales, por muy grotescas que sean sus manifestaciones exteriores, sino de una decidida política oficial de edulcoración y negacionismo de un régimen en su absolución plena que impida que aquel pasado ominoso pueda ser juzgado de la manera que sea. Por qué ahora, cabe preguntarse. Tal vez porque esa defensa exacerbada, académica, guapetona de la dictadura, poco importa la forma, sea también una forma de oponerse a la presencia de una izquierda que reclama con insistencia contra la desmemoria y que publica trabajos de investigación, exhuma restos de asesinados y emprende procesos judiciales contra el muro de la impunidad… y de paso una siniestra seña de identidad de clase: basta ver el entusiasmo que gasta la derecha más montaraz en aplaudir todos y cada uno de los abusos gubernamentales o a su amparo perpetrados. Podemos estar a un paso de que se persigan publicaciones que, a juicio de la superioridad, menoscaben la imagen de la dictadura y sus protagonistas, absueltos por la historia, es decir, del regreso de la implantación plena de una historia oficial a modo de consigna. ¿Por qué no? Me gustaría saber qué es exactamente lo que se lo impide. ¿Apocalíptico? Mucho y tremendista también, pero está visto que la maquinaria de las multas y procesamientos no para.


*Publicado originalmente en Cuarto Poder y en el blog del autor, Vivir de buena gana (12/4/2017)
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