20 de mayo de 2018

El Hombre de las Cumbres contra la manipulación cultural


Pablo Cingolani

Hombre de las cumbres, ven al sur,
la casa del poder está temblando.
Una pequeña llama descarna mi pecho,
son mis ansias de cumbres de luz.
Color Humano: Hombre de las Cumbres, 1973

To see a World in a Grain of Sand
And a Heaven in a Wild Flower,
Hold Infinity in the palm of your hand
And Eternity in an hour.[1]
William Blake: Auguries of innocence, 1803


Han visto a los mundos padecer.
Ellas, las montañas, han visto a los mundos renacer, volver a florecer. Han visto, en su gravedad ascendente, la levedad de todas las cosas: cómo sucumbían, cómo se transformaban y mutaban, como se sucedían y desaparecían.
Han visto todo y lo han vuelto a ver, lo han vuelto a sentir: han devenido memoria del mundo, de los mundos, de mundos de alegría sin freno y de mundos de tristeza sin consuelo, de mundos ausentes, de mundos presentes, de mundos anticipatorios, de todos los mundos, de todas las imágenes del mundo, de todas sus visiones, de todas sus plenitudes y sus desasosiegos, de todas sus voces y todo su silencio.
Y, a pesar de todo, ellas siguen aconteciendo.
¿Por qué entonces las montañas están ahí y seguirán ahí, y como diría el poeta,[2] aunque yo me muera/seguirán allí? ¿Qué las alienta a persistir, a resistir, a insistir en su ser y estarse montañas?
Alguien argumentará cuestiones científicas y hasta podrá demostrar que, alguna vez, las montañas desaparecerán, van a desaparecer. El problema es que la ciencia no termina de explicar el fin de último de la existencia de las montañas, de su magnetismo, de su atracción permanente, de la metáfora que ellas atesoran.
Otro, un nihilista, un racionalista –son lo mismo-, podrá contraatacar asegurando que, en definitiva, son montañas, son simplemente montañas y que todo lo que algunos asociamos a ellas son proyecciones de nosotros mismos, son delirios, invenciones, poesía, magia: la montaña no es eso, dirán.
Y aún así y digan lo que digan, las montañas siguen allí y seguirán allí con todo su portento, con toda su extrañeza, con toda su majestad y su belleza omnipresente.
De hecho, los antiguos las adoraban, ¿y porque lo hacían? ¿Acaso estaban todos locos? No, desde ya que no. Más bien todo lo contrario: eran mucho más lucidos y más sensibles que todos nosotros los habitantes desterrados al desgarro de esta modernidad que, a cada momento, o desmitifica o directamente niega la esencia misma de las montañas.
Entonces si nos despojamos de las sucias vestiduras y las negras anteojeras que nos impone el devenir del tiempo, el desafío es este: es tratar de sentirlo, y si lo sentimos, tal vez podamos entenderlo.
¿Hace falta entenderlo? A priori, no. Pero en un mundo domesticado a punta de ideas, de conceptos, de diferenciación, segmentado a más no poder por el auge de la tecnología, confundido, desbordado y desolado por esa misma tecnología, tal vez el esfuerzo de comprensión ayude a salirse del laberinto insensible donde nos han forzado a meternos.
Las montañas son una frontera, un límite que debemos cruzar. Son el atajo dentro del laberinto. Son la cesación, el fin, la abolición del miedo que provoca el laberinto.
Si no lo enfrentamos, el miedo es lo que inmoviliza, el miedo es lo que desgarra vanamente y no cicatriza, el miedo es no sentirse uno y parte del todo, del mundo, el miedo es lo que nos arroja a divinizar lo fatuo, lo intrascendente, lo que no alimenta, el miedo es lo que no nos cura, ni nos salva, ni nos arraiga: sólo nos despoja, nos desune, nos aleja.
Los antiguos moradores de las montañas eran hombres fortalecidos, templados en el frío que azula, en el hielo glacial, en la nieve de las cumbres, en la tormenta que carecía de piedad y de clemencia, en las arenas que ciegan.
Los elementos se conjugaban y, en vez de doblegarse al castigo y acobardarse frente a la hostilidad, las fuerzas de la naturaleza se convirtieron en detonantes del espíritu, en vitaminas para el alma, en el andamiaje de una mística, en la sustancia de una epopeya diaria, en el sentido oculto de un juego cósmico donde sacrificio y felicidad podían enhebrarse y convertirse en el ámbito fértil de iluminaciones, de exaltaciones, de vivencias tan rotundas y tan nutrientes que develaron un camino, un camino certero, donde el hombre podía aferrarse, donde el hombre podía comprender, donde el hombre podía respirar.
Todo era ritual, todo era conjuro, todo era vitalidad.
El presente, la realidad que experimentamos, convirtió cada cosa en una amputación al origen y el destino de la especie humana, en una negación de nosotros mismos y un impedimento al imprescindible diálogo con los dioses, con las fuerzas magmáticas del universo, con la energía totalizadora del cosmos.
Vivimos en colisión, vivimos atormentados, vivimos batallando contra las esencias y la huella embriagadora de los antiguos, la herencia reveladora que atesoramos, se aferra, como puede, a la nostalgia, al mito, a la magia, a la inspiración estética, a la poesía, al arte.
Porque este asunto de las montañas sí se trata de una proyección de lo que somos, pero no de todo lo que somos, si no del lado bueno, del lado luminoso, del lado propiamente y profundamente humano que nos hace tales: se trata de la tierra, se trata del arraigo, se trata, en suma, de la vida, se trata de la consistencia y el espesor con que se encara esa vida.
En definitiva, la esencia de las montañas alude a nuestras propias esencias, a lo que nos vuelve y nos constituye como seres humanos, al centro de la llamada condición humana.
Eso es la tierra, hermano. Y no hay nada más tangible, no hay nada más concreto, si lo amarramos, si lo amarramos, insisto, despojados del vaciamiento espiritual al cual nos han condenado, que la tierra misma.
Las montañas son tierra que se eleva al cielo y es fácil entender porque el hombre de las montañas las haya adorado, las haya divinizado: porque eran, ante todo, su suelo, el suelo que los vio nacer, y el suelo que les daba el sustento, que les proveía la comida, el alimento, la vida misma.
Entonces, lo que hay, antes que una proyección, es una relación.
Una relación de vida, una relación debida a y compartida entre la montaña y el hombre. Y una relación, cualquier sea, parte de una premisa: es parte de un todo que la engloba y la vuelve plena.
Entonces, ahora sí: fue natural que el hombre en su relación con la montaña se proyectase entero hacia esa misma montaña y no sólo la divinizase sino que hiciera algo más nutricio: la humanizase, la sintiese no sólo parte de su entorno, sino que la convirtiese en alguien como él, como el hombre mismo.
Es ahí donde se produjo el milagro: para el montañés, la montaña cobra vida, la montaña está viva y la montaña vive como nosotros.
La montaña tiene un cuerpo, tiene una cabeza, tiene brazos, tiene piernas, respira, come, habla, camina, danza.
Se forja y se instituye un diálogo con el hombre y el milagro es este: el hombre sabe que su relación con la montaña es total, forma parte de un todo, pero a la vez siente que la fuerza de la montaña es infinita, que la fuerza de la montaña es tan poderosa que nada se puede contra ella si la enfrentamos.
El hombre sabe que eso es grandioso, es imparable –la fuerza de la montaña es la fuerza del cosmos manifestado- y que eso es así, será así y seguirá siendo así, las montañas seguirán allí, y es entonces que en el diálogo abierto y fecundo que el hombre entabla con la montaña surge la divinidad, surge la creencia en ese poder inalterable, surge la fe y surge la ofrenda.
El hombre dialoga con la montaña pero, sobre todo, le ofrenda todo lo que es, todo lo que siente –que es, a la vez, todo lo que tiene- para que esa montaña lo escuche, esa montaña lo ampare, lo guíe, esa montaña lo quiera, como él la quiere y como sólo se puede querer a lo infinitamente poderoso: con toda la devoción posible, con toda la alegría posible, con toda la esperanza que uno pueda sentir si se refleja en el espejo colosal de esa montaña, sea divinidad, sea padre, sea madre, sea hermana, sea llamada con los nombres de la divinidad o los nombres de nuestros padres o de nuestros hermanos, sea el corazón palpitante de todo lo que, día a día, podemos sentir que es la vida.
Entonces, de esto se trata: la montaña es como nosotros y nosotros somos como ella. Sus dolores son los nuestros, sus virtudes también lo son. El hombre, se libera.
El día que lo volvamos a sentir así, la fe en lo simple, la fe en lo sencillo, la fe en lo verdadero, la fe en lo bondadoso, florecerá. Y ya no habrá miedo que no podamos conjurar. Y aunque partamos, lo haremos sintiendo que ellas seguirán aquí, cuidando al mundo, amparando a los que dejamos y a los que vendrán.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 19 de mayo de 2018

Imagen: Ferdinand Hodler, 1917

[1] Mi traducción: Para ver un mundo en un grano de arena/y un cielo en una flor salvaje/ toma el infinito en la palma de tu mano/y la eternidad en una hora.
[2] Juan Ramón Jiménez. 

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17 de mayo de 2018

Integrales

Concha Pelayo

Hoy me encontré con un antiguo profesor de matemáticas de mi época de bachillerato. De entonces acá ha pasado toda una vida, unos sesenta años, más o menos. Casi nada. Me daba matemáticas y física y química y de vez en cuándo, algún bofetón, por díscola o descarada. Un día, mientras intentábamos resolver un problema, nadie daba con la solución y así iba pasando el tiempo hasta que yo, levanto mi voz y digo: "A lo mejor, no lo sabe ni usted mismo." La inmediata respuesta del profesor fue darme con una vara en la cara que tuve una oreja hinchada unos cuantos días. Además de ponerme de rodillas delante de toda la clase. Recuerdo pasar mucha vergüenza pues a mí, el profe, me hacía tilín y me gustaba. Y por eso me dolió mucho más. Pero por supuesto, entonces no se iba con quejas a casa. De estos lances, los padres ni se enteraban pues lo normal es que te llevaras una reprimenda o algún sopapo más. Entonces nos educaban con mucha rectitud y nos enseñaban en el respeto a los mayores y sobre todo a los profesores. Éstos eran para mí, seres superiores en todos los aspectos y yo los miraba con una enorme distancia. Confieso que todavía no sé porqué le dije eso al pobre profesor, cómo se me pudo ocurrir semejante disparate dado que era un profesor de esos, sapientísimos, muy bueno explicando y de hecho, gran parte de la población estudiantil de la ciudad, una vez salíamos del Instituto Claudio Moyano, íbamos a clases de apoyo a este profesor. Nunca llegaré a conocerme. 

Me encontré por la calle, como digo, esta misma mañana, con mi antiguo profesor y nos paramos a hablar amigablemente. Es curioso que viviendo en la misma ciudad, conociéndonos desde hace décadas, habiendo hecho cada cual su vida: bodas, hijos, en su caso nietos y viéndonos casi a diario, solo nos hayamos conformado con saludarnos cortesmente y nada más. Fui yo la que lo abordé pues desde hacía algún tiempo lo veía solo, sin su mujer y tal detalle, y a estas edades....quién sabe, tal vez me hubiera perdido algo. El caso es que me paro delante de él y le pregunto por su mujer abiertamente. Me responde, como si hubiéramos hablado la víspera y me dice que en casa, haciendo la comida. Me dijo que salían juntos tres veces por semana y el resto él paseaba solo y hacía deporte. Menos mal, al parecer todo estaba bien. 

Nos preguntamos por nuestras vidas. Él, como tiene hijos repartidos por toda la geografía española va de acá para allá para asistir a bautizos o comuniones. Qué suerte, le dije, yo no tengo un mal yerno que echarme a la boca. Mi hija sigue soltera y sin ganas de comprometerse pues los chicos, dice ella, "son inmaduros y los buenos están "pillaos".

Me preguntó por mi vida y al decirle que escribía se sorprendió muchísimo pues no tenía ni idea aunque vivimos en una pequeña ciudad y mis actividades literarias no pasan desapercibidas. Pero, claro, mi antiguo profesor se pasa la vida haciendo integrales para que no se le vaya la cabeza, para mantenerse activo. Muy bien: ejercicio físico e integrales. Me dice, señalando el tronco de un viejo árbol que estaba a nuestro lado." Ves, pues mira, ayer le hice una fotografía al tronco de un árbol parecido a éste y cuando llegué a casa, durante cuatro horas estuve haciendo el cálculo de....no sé qué me dijo pues me quedé anonadada. Imagino que calcularía, el diámetro, el radio, el peso, los años de vida....qué sé yo. Imagino que resolvería, por integrales, hasta el número de pastores que se habrían cobijado bajo su copa en un aguacero. 

No hablamos, por supuesto, de mi pobre oreja que se hinchó por aquél terrible golpe, ni le comenté que cuando estábamos en clase, mi compañera de al lado que sabía que me gustaba, cada vez que me miraba ella me daba un toquecito en mi pierna con la suya. Estoy segura 

de que si le cuento esto, pese a los años transcurridos se hubiera puesto rojo. Cosa que le pasaba con frecuencia.
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Los que se van

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cada mañana lo primero que veía mi padre en la prensa eran los obituarios. Y señalaba fotos mal tomadas con rostros de individuos que tenían una historia en su memoria: que fuimos al cuartel juntos, que jugábamos pelota vasca, que era vecino, menor, hijo de tal y nieto de cual.

Nos estamos acabando, decía.

Nunca pensé pero he llegado. Allí, a ese momento, a pesar de que mis obituarios no están a mano y me entero de segundas y tarde que aquel se fue, esa se murió. Inevitable. Comenzar a sentir el cosquilleo de las ausencias, la certeza de que la tuya también ya asoma.

Y los que se van, no al panteón sino toman aviones que los fugan de tragedias reales o supuestas. Y los secuestrados, la peor de las faltas, la más horrible de las no presencias. Muerte, escape, plagio, instancias de lo que tememos todos, que al lado de uno vaya quedando yermo. La soledad entierra la nostalgia, hace de la poética dolor.

Días van en que tomo apuntes para unas “Notas de la tristeza”. Cosas que pasan, lejos y tan cerca. Voces que pesaron en un tiempo, que eran rutinarias y muy conocidas, que en la distancia se ahuecaron y reaparecen bajo el susurro del fin. Cuando un ser humano pone una pistola en la boca y aprieta el gatillo lo que hace es rebelión, ira ante la inminencia cruel y consuetudinaria de arrearse por el camino junto a otros y perecer de a montón. Como que la vida no vale, o poco o nada, que lo dicho y hecho forman parte de una narración en zozobra y sin importancia. Un gatillo expía al matador de su condición de mascota ¿de un ser superior? ¿de la nada? ¿de la angustia? De lo ridículo falsamente sacralizado.

Notas tristes, obituarios sin muertos en cuenta pero con la muerte como la mácula que lo cubre todo. Y si no la muerte, la ausencia, el hecho de que no estés aunque ayer cantarina tarareabas extrañas canciones haitianas.

Tú, la ventana, el cielo encapotado, humedad y llovizna. Da para pensar en César Vallejo, para escribir con sangre en las paredes. Caminas por un dormitorio y lo que estaba ayer encima de la mesa desapareció. Un presagio… multiplicación del pretérito llevado hasta el paroxismo y la locura. La ausencia como castigo de una persona a otra. Si hasta morirse va señalando a alguien, arrebatando del corazón una paz que se hunde cuando se inunda de culpa.

Mayo. Era abril. El año 17 no hasta hace mucho. La peor sátira es la de ponerle fechas a un rodillo de esperados resultados. Mejor nos iría sin saber cuándo fue; el cómo lo conocemos de sobra. Decir, hoy lunes de llovizna húmeda, que recuerdo, que retumban en el cerebro voces e imágenes negándose a desaparecer. La memoria es tierno rival ante el monstruoso devenir. He ahí lo peor, ser parte de un juego cuyo mango, o un cabo de él, suponemos asir cuando nada agarramos, que entre los dedos se escurre el aire, que ni permanecerás en mi recuerdo ni nada similar. Saturno devora a sus hijos. Vástagos lelos, tontos, esquizoides y desquiciados. Inútiles.

Los que se van, reza el encabezado. Los que se quedan será el siguiente. A la larga ni uno ni otro cuentan. Fichas de un vasto y burdo ajedrez retratado con maestría por Bergmann.

Hórrido bosque nórdico. El caballero y la muerte con traje de monje y cara redonda. Juego de fichas marcadas donde el elegido carece de posibilidad. Se nos mueren todos; se nos van. Y basta de acumular tanto recuerdo.

14/05/18
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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), y en el blog del autor, Le Coq En Fer, 15/05/2018

Imagen: León Zernitsky
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16 de mayo de 2018

La caravana (notas)

Pablo Cingolani

En The Songlines, Chatwin anotó que entre las tribus Basseri de los desiertos de Irán, el viaje era el ritual. Retuvo la frase para sí y en la mesa de la despensa donde se habían atiborrado con un banquete inesperado -queso de cabra, higos, pan de la casa, vino de Tarija-, dejó el libro. Alguien más, lo podría leer y empeñarse e ilusionarse igual que él lo había hecho.

* * *

Arena. Arena, cardón y jarilla. Arena y ceniza: maravillas. Arena y más allá, mar de sal. Arena, más acá: la silente majestad del volcán…

* * *

No soplaba el viento, ni hacía el suficiente frío como para ir a acurrucarse a la bolsa de dormir. Atizó el fuego y empezó a escribir en su bitácora:

“En el algún lugar de la puna supongo que catamarqueña.

¿Hay un significado oculto y que se demora y que buscamos y que deseamos y que nos acosa y nos acecha y nos cimbra y nos redobla el empeño por encontrarlo?

Ahora creo que sí, ahora lo siento, ahora sé que verdaderamente lo estoy sintiendo en medio de estas montañas, toda la aridez de los caminos, el cielo y nada más que el cielo siempre arriba y el horizonte que parece no tener fin, que por una vez siento que no tiene fin.

¿Ese hallazgo de los significados tendrá, a su vez, un sentido que lo alienta, lo impulsa, lo despeña, lo hace fluir, estar, estarse, ser, padecer, volver a ser, volver a estar, volver a estarse?

Puede ser, ahora me ronda esa certeza, ahora puedo palparla, puedo tocarla como cuando acaricio a las piedras, ahora siento la anticipación de que puedo recibirla: que la verdad, cualquiera sea, puede serme revelada en medio de toda esta soledad y en medio de tanto silencio, estoy convencido que, algún día, podré escucharla.

Andamos deambulando en busca de esa verdad, de ese sentido, de esa certeza, de la llave que abra las puertas del cielo, del mapa que te conduzca al tesoro o al paraíso o al corazón del desierto o al secreto que guardan las arenas o al lugar exacto y preciso donde el despojo, el abandono, la cesación de ser lo que uno no quería ser, eso suceda y la epifanía te envuelva y tus ojos se abran y tu piel reverdezca y tu corazón vuelva a latir, tan fuerte que…”.

Tan fugaz: en medio de la claridad de la noche, vio los ojos de un puma clavados en los suyos propios. Vio esos ojos y sintió como la energía que desprendían esos ojos se introducía en su cuerpo. Luego vio una silueta que ágilmente se perdió tras unos roquedales. Sonrío para sí. Siguió escribiendo: “tan fuerte que sientas la fuerza de un puma, que sientas la fuerza de los ojos de un puma, latiendo dentro, amparándote, develándote la huella, aferrándote a la vida”. Luego, Alex cerró su cuaderno, se metió en la carpa y se fue a dormir.

* * *

Tres años que andaban raspando la arena y ya ninguno se acordaba bien el motivo por el cual todo había empezado. Se habían cansado de la ciudad, se habían cansado de las heladeras y los televisores, eso lo tenían más o menos claro, pero cuando se aguijoneaban con la pregunta ¿cómo fue que vinimos a parar aquí?, allí empezaban a dudar, alguno se animaba a tirar alguna conjetura, le daban alguna vuelta y luego la olvidaban y seguían en lo suyo: raspaban la arena hasta llegar a otro pueblo.

Cada vez que lo hacían, cada vez que arribaban a un pueblo o cada vez que volvían a arribar al mismo pueblo al cual ya habían arribado semanas o meses atrás, los niños iban y corrían detrás de ellos, corrían alborozados y felices, gritando a cuello partido: “¡Llegaron los peregrinos!”, “¡Llegaron los locos de los peregrinos!”. Así los empezaron a conocer en los pueblos y ellos se dejaron bautizar y hasta agradecieron íntimamente que eso sucediera, incluso Alex, una noche que se había pasado con la ginebra, pintó con aerosol en la popa del acoplado: La Caravana de los Peregrinos les desea a todos un buen viaje.

Tres años raspando la arena, tres años vagando por los desiertos sudamericanos, tres años merodeando, deambulando de aquí para allá, arañando las cuestas, navegando los salares, penetrando en las quebradas, llegando a los pueblos, yéndose de los pueblos, volviendo a llegar, volviéndose a ir: ¿vos te acordás porque venimos? Vos dijiste que íbamos a encontrar unos cactus súper raros que nos iban a volar la cabeza. ¿Y por eso vinimos? Y no sé, andá a saber, tal vez, ¿acaso no estábamos buscando plantas? Después de ese mambazo sideral que nos tiramos en Santa Victoria, ¿Por qué no volvimos? Eran preguntas que ya no los acosaban. Simplemente, todo acontecía, todo les acontecía.

* * *

Una vez retornaron a La Quiaca en busca de ciertas provisiones que no hay en otros lados. Había alboroto en el pueblo: había dos carpas. Una de gitanos y otra de un circo que venía bajando desde Quito. La hechicera, la estudiante de psicología Ana Peña en su otra vida, fue la primera en divisarlas. Enfiló derechamente hacia el campamento de los zíngaros a ver si podía cambalachear algo de ropa y, de paso, aprender algún saber adivinatorio con las damas. Los muchachos la siguieron.

Habían visto a un niño pateando una pelota de cuero y se les antojó, como aluvión, jugar un partido de futbol. Los gitanos contraatacaron: ¿por qué no armamos un campeonato? Fueron en delegación conjunta a hablar con la troupe circense. El trapecista, en su otra vida, había jugado en las inferiores de Chacarita, y le brillaron los ojos mientras armaba el equipo mentalmente: el lanzallamas iría al arco.

Uno de los payasos aseguró que la noche anterior se había emborrachado con un grupo de mineros de Pirquitas: se le encomendó invitarlos a sumarse. Alguien propuso cruzar el límite binacional y también convocar a los bolivianos: eso hicieron y así se plegaron a la cita futbolera un equipo mixto de aduaneros y policías (“Los pacos”), otro de contrabandistas (se anotaron como “Las hormigas”) y, azares del destino, también se agregó a la lista de participantes un “team” de videastas checos (“Los gringos”) que estaban grabando un documental sobre los volcanes de Los Lípez.

Fue un verdadero “mundialito” en la frontera y si le preguntabas a Alex o a Toco o a David quien había ganado el inesperado campeonato puneño, ninguno lo recordaba bien -¿acaso importa ganar?, te decían- aunque te aseguraban que había sido un momento feliz para todos a pesar de ese penal no cobrado por el enano del circo que fungió de árbitro en la final del torneo y que causó un severo despelote aunque todo se arregló con un par extra de botellas de singani Casa Real Etiqueta Negra.

* * *

La historia les resbalaba bastante hasta que se les aparecía.

Un día, en una pampa inmensa y helada, encontraron a un hombre, un hombre solitario que caminaba y caminaba, solo a través de la estepa desierta. Fueron a su encuentro: necesitará agua, un cigarro, una señal, se decían, precisará algo en medio de la nada. Cuando lo abordaron, vieron que estaba enfundado en una bandera: era tricolor, era la boliviana. El hombre sonrió al verlos. Estoy feliz, les dijo, hacía días que no veía personas. Sólo vicuñas y algún zorro. Aceptó unos brindis de vino pero nada más. No se preocupen por mí, afirmó sereno: tengo coca, ella me va a cuidar, ella me va a guiar. ¿A dónde, mi amigo?, le preguntó Alex, desconcertado. Al mar, respondió el boliviano y en sus ojos ellos ya creyeron ver reflejadas sus olas.

Una noche. Una pascana de San Pedro de Atacama. El vino se derramaba. Un canadiense de edad indefinida, desde una mesa próxima, no cesaba de agasajarlos con botellas. Se llamaba Charles. Al día siguiente, Toco les contó astillas de su historia: había nacido en el Yukón y cuando leyó a los beatniks, agarró su mochila y empezó a despeñarse por el continente tras los rastros del yagé que prometía el señor Burroughs y así llegó al Perú donde conoció a un compatriota suya –se llamaba Margaret- con la cual siguió deambulando los Andes y los desiertos de los Andes hasta llegar hasta allí cuando era una aldea perdida, poblada por pastores, mineros y fantasmas.  Luego las vueltas de la vida hicieron que su amiga gestionase su nombramiento como embajador en Níger y Charles partió hacia Niamey con la venia de Pierre, el esposo de Margaret. Una vez instalado en el corazón de África, no pudo resistirse: el Sahara estaba a la vuelta de la esquina de la embajada y el no dudó y cedió a su atracción. Envió a Ottawa un télex de renuncia –“Querida Margaret: discúlpame pero me largo de nuevo a los caminos. Adiós, Charles”- y enfiló hacia al norte con una caravana de camellos. Un pequeño detalle causó inconvenientes políticos a la pareja Trudeau: los fondos para la travesía, Charles los obtuvo vendiendo a la mala y a un traficante de armas además, un Matisse que, vaya a saber cómo, coronaba el comedor de la sede diplomática. Toco se reía a carcajadas,  luego prosiguió: el tipo vagó añares con los tuaregs. Un día, en Adén, se enfermó gravemente. Su hermana Isabelle se encargó de su repatriación. Volvió al Yukón Se enriqueció con el oro. Se dedicó a la poesía: era una especie de Rimbaud al revés. Ahora se dedicaba a gastar su plata y volver sobre sus pasos. Toma, le dijo a Toco, y le extendió un fajo de billetes. Era una fortuna: 1200 dólares que Toco contó delante de todos durante el desayuno atacameño. Decidieron invertir una parte del dinero en la compra de unas camperas de abrigo y unos bastones de montaña para poder cumplir un anhelo: subir hasta la cima del Llullallaico. Buscaron a Charles por todo San Pedro para invitarlo a la expedición pero el canadiense no estaba por ningún lado, se había esfumado.

* * *

“Los pueblos del desierto tienen más posibilidades de ser virtuosos que los pueblos sedentarios porque están más próximos al estado primigenio y están más alejados de todos los malos hábitos que han infectado el corazón de los sedentarios”. Ibn Jaldún en su Historia universal.

* * *

Todos los seres humanos deberían vivir la experiencia del desierto, escribió Alex. Aquí es el desierto, agregó.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 16 de mayo de 2018
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15 de mayo de 2018

Mayo de 1968

Miguel Sánchez-Ostiz

Hace cincuenta años. No hay mucho que celebrar y hace ya años que quienes recordaban haber estado en aquellas calles de las que arrancaron los adoquines para montar barricadas, dejaron de hacerlo. Desmemoria y nómina, pompa, senequismo. La inmensa mayoría vivimos aquellas semanas desde lejos, desde muy lejos habría que decir, tanto que hasta los hechos y las voces concretas quedaban muy desdibujados por un presente que nos tenía acogotados con una policía política que maltrató por sistema y un Tribunal de Orden Público que envió a la cárcel a miles de ciudadanos. Aquel espectáculo lejano venía a ser un golpe de aire fresco. Nunca he entendido el encono hacia aquel recuerdo, porque recuerdo es, de gente que aquellos días era un niño de parvulario, ni siquiera un adolescente, pero saber, saben más que nadie, y pontifican de lo no vivido o se burlan, eso a capricho.

Aquellos de mayo de 1968, al menos en los recortes de prensa que conservo –la prensa del régimen execraba solemne de aquel levantamiento callejero–, fueron días de rebelión callejera, de barricadas, de gritos, pedradas, banderas, utopías, ni Dios ni amo, gases lacrimógenos... los parachutistas y los tanques del general Massu, el responsable confeso de las torturas en la guerra de Argelia, estaban apuntando, desde Baden-Baden, hacia París por si había que repetir la masacre de la Comuna de 1871. Se olvida. Todo se olvida. Se recuerda, es más cómodo, una épica juvenil que el tiempo ha convertido en un mascarón de cartón piedra y enviado a sus protagonistas al olimpo de la derecha malencarada, en el mejor de los casos, el más común. La banderas rojas y las banderas negras tenían otra cara, otro futuro, que no pasaba por la calle y sí por caja. Dura lección. Muy extendida esta.

Mayo de 1968. «Nobleza de calendario» cantaba años más tarde Léo Ferré, emocionado después de haber visto por primera vez en su vida la bandera negra de los anarquistas flamear en las calles de París, en el atardecer del viernes 10 de mayo de 1968, la noche de las barricadas, la víspera de una huelga general que paralizó un país y se disolvió en humo. Dura lección, insisto, que hemos tragado a cucharadas soperas. El nuevo mundo que parecía nacer aquellos días tardó poco en hacerse viejo. Palabras, muchas, miles de páginas, iconografía de adorno y culto... hechos, pocos, condenados de antemano a transiciones pactadas, al juego parlamentario, al lenguaje de las urnas, al más de lo mismo o muy parecido.

Puedo preguntarme qué queda de aquello, pero no tengo más remedio que contestar que, como mucho, unas fabulosas tragaderas para los empujones que propinen los poderosos de ocasión o algo peor, el olvido más completo, la lírica utopía de la rebelión y del apropiarse de las calles hoy proscrita por la religión del orden y de la democracia, por una reacción de buen tono que no quiere líos, ni calles incendiadas. Nunca más. Debajo de los adoquines no está la playa sino la porra, la cárcel, las multas. La autoridad no se deja así como así y eso que los motivos de rebelión callejera se han multiplicado de manera alarmante. No hay día que no suministre un pretexto para la sedición más completa. El orden es el desorden más la fuerza, el poder, conviene tenerlo presente. No vivimos tiempos de barricadas, sino de represión del terrorismo, porque toda repuesta por muy aleve que sea al poder y sus excesos, lo es, terrorismo. No levantes los adoquines de las calles, allí donde queden, para buscar la playa porque te morderá el Código Penal azuzado por un centurión togado.

Y sigo preguntándome qué queda de todo aquello, cincuenta años después. Como mucho, canciones y una melancolía intensa de lo que no pudo ser y no fue... «antes de hacer la revolución en la calle, hay que hacerla en la cabeza», decía el mencionado poeta, Léo Ferré, y eso es más complicado, mucho más, sin comparación. Espolinar esas telarañas de convenciones, sectarismos de banderín y tribu, dogmas, consignas, prejuicios, autoritarismos caseros, machismos, sexismos y xenofobias de puertas para adentro, donde nadie te ve, es mucho más costoso que salir a la calle a pegar voces para regresar por donde se ha venido.


*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y en el blog del autor, Vivir de buena gana, el 13/5/2018
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Poema que busca luz


Pablo Cingolani

Si la memoria naufraga
No habrá isla que nos ampare
En el mar de las tinieblas

Si las huellas de la patria se pierden
No habrá camino a la gloria
Menos a la dignidad

Si la verdad se disipa
Si la verdad se triza y se diluye
Si la verdad se corrompe y se silencia
La mentira nos saciará las tripas
La mentira nos rociará sus venenos
Los demonios de la mentira nos acariciarán

Si la historia sucumbe al frío metal
No habrá más fuego ni apasionamientos
Si la historia se desvanece
El olvido no nos abandonará jamás

El olvido seremos nosotros, todos nosotros
Nosotros mismos cargaremos su cruz
Su espanto y su delirio, hasta el final.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 15 de mayo de 2018

Imagen: Emil Nolde
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14 de mayo de 2018

Renovación de vínculos

Roberto Burgos Cantor

Roberto Burgos Cantor  ©Arcadia
Todos tenemos, algunos prefieren las convicciones inamovibles, otros el vacío de la indiferencia, pensamientos sobre el desmadre del mundo y en él, la crispada sobrevivencia de la tierra de leones con esplendor del cielo su oriflama.
El elemento que más desencadena odios irreconciliables, disputas sin final, es aquel referido al gobierno, sus formas, sus acciones. Hasta tal extremo que, de revisarse por años los programas con los cuales los candidatos a Yo, el Supremo, hacen promesas a la hoy dispersa y agotada masa que se llamó electores, se hallarán verificaciones de interés. Entre ellas: Predominan ofertas económicas que jamás se realizaron. Aumentar la tasa de crecimiento. Bajar los impuestos. Atender la saluda pública. Financiar la educación pública gratuita. Disminuir el desempleo. Bajar la inflación. ¡Ay! las cacareadas reformas agrarias y urbana. Y los temas de los ilustrados, de los cuales lo que más sabe la gente es sufrirlos. El transporte, la justicia, la Constitución.
Predominan los abstrusos asuntos económicos con sus logros mediocres. La compasiva conformidad con las migajas de apariencias. Ambiciones derrotadas que vuelven a nuestros ex gobernantes seres quejumbrosos, cínicos, mendigos del mando y otra oportunidad, tira piedras del que los sucede, reclamadores de la estatua que no les debemos.
Así, una vez que se posesionan de Presidentes, sorprenden con algo que no fue ofrecido. Y, sin duda las dificultades que se imponen en un país que quiere someter todo a estatutos normativos y cuando la descuidada realidad desata sus inundaciones, sus volcanes, sus terremotos, la demencial violencia, ¡ay que mala maldad! no se sabe qué hacer.
Entonces se piensa que mantener el enredijo de la vida, no querer educar como debería educar el extinto leviatán que denominan Estado, es parte de un plan para llegar a la no- vida, a su imposibilidad.
Si nos educamos, podremos declarar cesantes, indeseables, a los gobernantes, líderes, jerarcas, patriarcas, jefes, caudillos, profetas, pastores, reyes y toda esa ralea de quienes viven de la añagaza de mantener la mentira de que el ser humano requiere de domadores.
A veces, el optimismo. ¡ Probemos! la sencilla alegría de la vida.

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Hasta el fin del mundo


Pablo Cingolani 

Las arenas se revuelcan y siempre te ceden el paso. El horizonte se achica y te acerca un tapiz de flores rojas. Hay los que nacieron para ahogarse en un vaso de tristeza, hay los que no: los que son alegres por derecho, por naturaleza, porque, acaso y además, les cueste mucho amargarse, los subleva ser tristes

Los vientos retumban tu nombre, lo llevan lejos, en otras orillas lo vuelven a escribir o lo pronuncian en lenguas. Siempre habrá espacio y memoria y cauce y hasta eternidad para que seas eso: nombrado, y te reconozca cada abismo, cada risco, cada llanura sedienta, cada amanecer donde vos no te acordabas ni siquiera de eso

Esa es la vida, la que clama. Porque uno tiene derecho, sobre todo al olvido, a ese olvidaje de lo que no huella, no sentencia, no se acuna: no tiene nombre

Esa también es la vida: lo que vuelve

Hasta el fin del mundo, hasta el fin de los tiempos, te tapizaran tus helechos, te ampararan tus líquenes, te volverán a acunar las piedras, los cerros, la música de las piedras, las palabras que dictan los cerros

Hasta el fin del mundo, arreciarás y vientos y arenas y estrellas y destinos te cederán el paso. Vas a sufrir, padecerás, acaso dudes

Eso no importa

Hasta el fin del mundo, las montañas te cortejarán y en el silencio que ahueca todas las verdades, en el latir que no cesa y arrecia de faros y musgos y pieles y virtudes y cielos, en la hora nona o en cualquier momento, sucederá, se revelará

Pronunciarán tu nombre

Hasta el fin del mundo, hasta el fin de tus días, lo vas a envolver en tules, lo vas a evocar en alhajas y almejas y tesoros escondidos y lo vas a recordar en el más majestuoso, el más inconmovible, el más íntimo, de todos tus silencios.

Pablo Cingolani


Río Abajo, 12 de mayo de 2018

Imagen: Ferdinand Hodler
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