22 de junio de 2017

Recursos humanos

Roberto Burgos Cantor

Roberto Burgos Cantor
Cuantas veces tendremos que oír, leer, ver, los hechos, ¿serán hechos? de acontecer inexplicable, que agregan a las desgracias sociales, políticas, religiosas, una forma antes intocable de la intimidad. O muestran su inexistencia. Como si los seres de estos tiempos desgraciados, y también con temblores auspiciosos de esperanza, estuviéramos despojados de ella.
Tanta vocinglería canalla, impiedades sin arrepentimientos, ejercicios de la trampa y el crimen, confundieron intimidad con secreto. Secreto con escondrijos de vergüenzas innombrables. Cueva que pudre el corazón.
Los hechos suman, sin signo de corrección, horror o indolencia, a su inventario de oprobio.
El de ayer fue divulgado así: En el hall de un edificio ubicado en un conjunto de profesionales, antes de las 8 a.m., cuando la gente sale a sus trabajos todavía con la ropa sin arrugas y el efluvio del perfume, los zapatos limpios y las energías matutinas protegiendo del desgaste de los piñones de la rutina; una mujer apareció como expulsada, al impulso de empellones, del ascensor que empezaba a abrirse. Detrás de ella, el percutor era un hombre, de corbata y valija negra, pomada para hacer obediente su cabello al peinado de galán de barbería de barrio con perfumador de metal de altar y bomba de mano.
Dicen que el conserje vio en el rostro de la mujer unos ojos que salían y un dolor incrédulo. Alcanzó a murmurar, con más aire que palabras, “qué te pasa…”
También vio y oyó, en sus palabras, una tromba que saltaba del ascensor y continuaba martillando a la mujer por donde pudiera. Interrumpido por una respiración agitada, pudo modular algo. El conserje, veterano, dijo: jamás había oído eso, no me atrevo a llamarlo insulto, fue peor; yo que estoy ablandado por la vida alcancé a estremecerme.
Lo que siguió: el hall era una cancha de boxeo. La mujer oponía el valor de su resistencia. No respondía con golpes a los golpes. El hombre le daba con todo, con la valija, la cabeza, los pies, el puño. Incansable. La mujer no se cubría, su cartera en el suelo, el peinado vuelto miseria, un zapato por allí, el rosa de las irritaciones se imponía al discreto maquillaje. Los hilos de sangre que se derramaban de los labios estropearon el lápiz labial. Un ojo se perdía en la hinchazón morada y verde.
El conserje se apresuró a aclarar. No intervine, el reglamento de la compañía lo prohíbe. No inmiscuirse en pleitos ajenos.
¿Serán ajenos veterano?
Aquí lo otro: un joven, enfermero o administrador, baja en ese momento. Observa con extrañeza la pelotera y decidido interviene con gritos y jalones que apartaran al aplicado torturador.
Preparado para dar golpes al mundo, el hombre, se había aflojado la corbata. De este detalle el conserje afirma: pensé que la iba a ahorcar. ¿Y qué hacia yo?
Ahora el guardián del Baúl debe decidir si sigue.
Witold asegura: la realidad purifica.
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19 de junio de 2017

Cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar


Pablo Cingolani

–¡Pero allí no hay nada!, exclamó.
–¿Nada? Allí hay todo, allí está todo. ¿Acaso no lo ves? Dijo, diciendo, Uno. –Y si lo ves bien y si sigues mirando… –iba agregando…
–¿Qué?, siguió exclamando el otro.
–Si lo sigues mirando, si lo sientes adentro, te vas a dar cuenta de algo…
–¡¿De qué cosa pues me voy a dar cuenta?!, preguntó el otro, extenuado, casi rendido.
–De que allí, donde está todo, es el centro del mundo. ¿Acaso no lo sientes? ¿Acaso no lo ves? Uno, respiró fuerte y siguió caminando.
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16 de junio de 2017

El amor y la filosofía


Homero Carvalho Oliva

El diccionario define al amor como “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. El poeta Lope de vega afirma que “creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño, /esto es amor; quien lo probó, lo sabe” y  Francisco de Quevedo usa el oxímoron, es decir sentidos contrapuestos, para afirmar que “es una libertad encarcelada” y el amor bien puede ser una contradicción permanente, en la que tenemos que aceptar que solamente se puede amar a otra persona con sus defectos y con sus virtudes.
Este tema ha sido tomado por las escritoras y filósofas francesas Aude Lancelin y Marie Lemonnier, en su libro Los filósofos y el amor, para estudiarlo desde Platón, Lucrecio, Montaigne, Rousseau, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Arendt, hasta Sartre y De Beauvoir, así como también a sus contemporáneos para extrapolar diálogos y escritos buscando entrelíneas que pensaron cada uno de ellos acerca del amor y cómo vivieron sus propios amores, tema aparentemente trivial y cursi, pero tan profundo al mismo tiempo. Un tema que para el incomparable Fernando Pessoa hasta puede ser ridículo: “Todas las cartas de amor son ridículas. / No serían cartas de amor si no fueran ridículas”. Y es que las palabras para enamorar son, al mismo tiempo, las comunes y las bellas; Alfonsina Storni nos lo recuerda así: “Esta noche al oído me has dicho dos palabras/ Comunes. Dos palabras cansadas / De ser dichas. Palabras/ Que de viejas son nuevas” y esas palabras, que no las dice en el poema, son: Te amo, una expresión sencilla, mágica y profunda. 
La autoras citan a Alaín Badiou, filósofo, dramaturgo y novelista francés marroquí, quien señala que el amor es una fuerza cosmopolita, incitante y sexuada que transgrede fronteras y estatus sociales, amenazado por los riesgos que conlleva y por la comodidad que tenemos por asegurarnos el goce ilimitado y hedonista y que, por lo tanto, es una tarea filosófica defenderlo para reinventarlo, como alguna vez propuso el poeta Rimbaud. Aude Lancelin y Marie Lemonnier, proponen: “La filosofía del amor es un territorio para volver a recorrer, e incluso a defender urgentemente. Hay en esto una resistencia posible al nihilismo ambiente que parece haber encontrado con la reducción de la sexualidad a un libertinaje mórbido su arma definitiva. (...) el amor se opone a la lógica del mercado”.

Badiou hace referencia a Soren Kierkegaard, de quien, en mis años adolescentes, y convencido de que era un feo sin remedio, leí y estudié su Diario de un seductor, buscando algunas claves para apalabrar a las muchachas hermosas que creía inalcanzables. Lejos estaba de saber que el amor estaba más allá de la seducción, del deseo y de la pasión, concepción que para Badiou fue intuida por Platón cuando señaló que al ser una experiencia personal de la universalidad posible es filosóficamente esencial. Badiou reconoce tres concepciones contradictorias acerca del amor: la concepción romántica que se centra en el éxtasis del encuentro; la escéptica que lo considera una ilusión y la que afirma que el amor es una construcción de verdad, a la que él se adscribe y propone que es la construcción del “Dos” desde las diferencias personales que van forjando al sujeto del amor. “El amor es siempre la posibilidad de presenciar el nacimiento de un mundo”, dice y me trajo recuerdo a un verso que escribí: “Alguien ve pasar a una muchacha/ y nace un mundo nuevo”. Se trata, sin duda alguna, de un libro para enamorarse de la filosofía.
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El poeta y el narrador (Acerca de tres novelas de Homero Carvalho Oliva)

Poeta y narrador, Homero Carvalho Oliva.

Jaime Nuñez de Prado
“Cuando llegué me advirtieron que nadie había podido definir claramente tu perfil, ¿sabes qué les respondí? Que yo sí sabía cuál era tu debilidad, les dije que tu debilidad era el amor, porque sabía que nunca habías amado y todo ser humano quiere sentirse amado alguna vez” .

Ha convertido nuestra trajinada vida contemporánea a la literatura seria en el territorio del cinismo. Y lo peor, un cinismo edulcorado, que transforma la belleza en juguete frívolo, el artificio en decorado y al ser humano, en un fantoche desamparado. Sin duda es éste un terreno cómodo para la literatura, que opone, de manera sistemática, el latido de la tierra a la industrialización, los fluidos seminales al amor, y cree, con terrible pretensión, haber desenmascarado de una vez por todas al ser humano.
El morbo por lo fisiológico a todos los niveles tiene como resultado una literatura subterránea, que pretende situarse a la sombra de la condición humana e ir explicando todos sus comportamientos a partir de una mediocridad radical. Literatura oscura, desesperanzada y de aliento enrarecido. El personaje literario de nuestra época es un ser condenado por su multiplicidad, el escritor posmodernista un ser cínico que en lugar de intentar recoger los pedazos del hombre, exacerba sus soledades, las yuxtapone hasta la nausea.

Hemos perdido en muchos casos, la humildad de la escritura, humildad que es verdad, y valor.
“El se consideraba un escribidor casual de versos, afirmaba que nunca tuvo el coraje para ser poeta, que la poesía era una actitud ante la vida que no tenía nada que ver con la de ciertos autores que, en su arrogancia, eran, para Huáscar, simples narcisos viajando hacia el olvido”
Esta diferencia entre el escribidor de versos y el poeta es casi imperceptible. A primera vista, Homero hace lo que sus semejantes cuando intenta limpiar las legañas a la memoria o reconstruir en sentido inverso la pasión, incluso es aficionado a desnudar sus personajes ante el espejo y hacerles mirarse el cuerpo. Creo que en las últimas cinco novelas que he leído, pertenecientes a la segunda mitad del siglo XX, el sexagenario protagonista, se derrumbaba ineludiblemente ante la visión de sus raquíticas piernas y su flácido pene. Tampoco se aparta de la literatura del fracaso, sus personajes terminan poniéndose diligentemente “la máscara apropiada para una sociedad que ha hecho de las apariencias su motivo de vivir” o siendo aniquilados como el pobre Zacarías.
Decíamos humildad y coraje por una razón sencilla y es que para que la literatura sea búsqueda debe haber aceptado de antemano la opción del fracaso. La única manera de sortear esta fragilidad es cerrarse en banda, obviar o ridiculizar los estallidos de luz que iluminan nuestra existencia. Si en un momento esta literatura que hemos denominada subterránea fue un acto de arrojo, una lúcida herramienta literaria, el evidente desgaste de las formas ha convertido a sus creadores en seres vanidosos y, algo peor, en creadores frívolos.
Y si algo resulta totalmente extraño a la literatura de Homero es la frivolidad. Tal vez por ello se sitúa tan al margen de su época y, en consecuencia, es tan consciente de ella. Sus novelas recogen una sabiduría masticada, como si se tratase de los posos que quedan del café en una taza. No se trata de moralina de cacareo, la experiencia de su vida viene dada en pequeñas dosis, como cuando trabamos una amistad. Es precisamente esta escritura impúdica la que alumbra sus novelas y las despoja de cualquier suerte de vanidad.
Este trabajo es un intento de recoger cuidadosamente los posos de tres de sus novelas Memoria de los espejos, La conspiración de los viejos y La maquinaria de los secretos. Un intento de explicar porque Homero es un poeta y no un escribidor de versos. La elección que hemos realizado de las novelas responde a un criterio muy sencillo, se trata de su primera, segunda y última novela, quizá por comprobar si aquella intensidad que transmite su primera obra se mantiene hasta su última producción.
No es Homero, como hemos dicho, un hombre alejado de las convenciones estéticas de la literatura actual, sus temas son los habituales en la cartelera de la literatura que se pretende de buena factura. Tampoco estamos ante una conciencia narrativa bonachona ni ante el misticismo de la anciana y los pucheros. Digamos, e intentaremos explicarlo a continuación, que su cinismo se dirige a los defectos del hombre, a sus carencias, pero que evita cifrar la condición humana en su escritura. La desmitificación del hombre no es en él dogmatismo; las crisis de identidad, de memoria o afectivas que sufren sus personajes no pretenden retratar un caduco ser humano sino penetrar y alumbrar sus carencias con una mirada comprensiva, sin circunscribir al ámbito de su literatura todas las variables existentes.
En todas ellas existe un rechazo por el intelectual, habitualmente el de una izquierda caduca, que no concibe la literatura más que como un juego de luces para destacarse a sí mismo.
“El problema de algunos de nuestros intelectuales es que consideran la lectura como un deporte en el que se juega a quién sabe más palabras y lo único que consiguen es aumentar su vanidad, el pecado favorito del demonio”
Estos narcisos viajando hacia el olvido poseen un impedimento infranqueable para hacer literatura: no saben mirarse a sí mismos. Parece esto una inversión del mito de Narciso pero no lo es. En la superficie de la fuente, Narciso nunca vio más que su reflejo. La literatura de Homero no es frívola porque crece hacia dentro, explorando una de las carencias más graves del hombre de nuestro tiempo: su incapacidad para conocerse.
El tema es tan delicado que debemos entrar casi con pudor. Todo acto literario no es más que una radiografía del hombre, un acto de introspección, en la medida que procede de los entresijos de la sensibilidad. La literatura moderna, como es evidente, ya no tiene la función de sentar cátedra al respecto, su manera de ejercer su oficio es el desenmascarar, poner en evidencia las actitudes postizas del hombre, decir qué no es.
Cuando un principio artístico, aunque sea sumamente fértil como este que venimos de describir, pierde su vitalidad, degenera en ideología. La literatura contemporánea muchas veces es, bajo su apariencia introspectiva, repetitiva y superficial, dogmática (perspectiva de la que creemos, se aleja Homero). No es mi propósito establecer un paradigma que permita diferenciar lo valioso de lo superfluo, principalmente porque no existe tal cosa. El interés es más bien descubrir en la literatura de Homero una sensibilidad cercana al hombre y no perdida en elucubraciones estéticas estériles.
La literatura, Homero no se cansará de repetirlo con sus novelas, es un ejercicio de acercamiento al ser humano, pero al actual, no a la mitificación literaria que tanto gustan, por incapacidad o vanidad, tantos escritores modernos. Desde la generación a la que pertenezco este fin de la tragedia es, a todas luces, evidente. La gradación necesaria para el éxtasis, llamémoslo catarsis, orgasmo o salvación, es impedida por la cultura de la inmediatez. Es curioso que parezca de mal gusto hablar del fenómeno del Smartphone en un estudio literario; inconscientemente apartamos eso para un estudio sociológico, actual, científico, útil.
“El poeta siempre vuelve por aquí junto a otro que es mayor que él, vienen a hablar burreras acerca de cuestiones filosóficas o por lo menos pretenden que los que les escuchemos creamos que son filosóficas; cosas como el infierno de Dante Alighieri, lo hacen con arrogancia que solamente los libros otorgan, los pobres, en su soberbia, no se dan cuenta de que ya están en el infierno”
Este camarero homosexual, hijo de una prostituta y criado desde niño en un burdel es más lúcido que el falso escritor. Para explicar el fin de la pasión podemos recurrir a intrincadas explicaciones estéticas o mostrar cómo opera en el adolescente Instagram, Whatsapp y la pornografía. “Las imágenes virtuales o “realidad virtual” están destruyendo las imágenes esenciales; la realidad misma. Ya nadie recuerda el color de los reales crepúsculos tropicales y el brillo real de las gotas de rocío naciendo con la alborada” Ello depende de la humildad del escritor, de si es capaz de sacrificar el sentido del decoro contemporáneo en aras de una literatura de calidad.
El personaje literario de Homero, probablemente cada uno de nosotros, está sujeto a tres fuerzas vitales: mundo, pasión y lenguaje.
De todas ellas, la tratada con menos profundidad en Homero es la pasión. Es cierto que aparecen instintos como el sexo o la sed de venganza, pero nunca alcanzan el cuerpo de la pasión. Como si el ser humano hubiese perdido su capacidad trágica. La muerte del asesino de Dinky en La conspiración de los viejos, trata de esto mismo. La reescritura contemporánea de Fuenteovejuna debe renunciar a toda la carga trágica de la obra, en el siglo XXI y bajo la sombra del 68, ningún hombre actúa más que impelido por un entramado de estructuras opresoras o manipuladoras, el fatum tiene proporciones humanas ahora. La descripción de los servicios secretos, que controlan a las personas como marionetas, en La maquinaria de los secretos, tiene más de sorda amargura que de distopía a lo Orwell. No se trata tanto del ensayo de una estructura global apocalíptica de como mostrar, por medio de la ficción, el extrañamiento del hombre moderno.

Mundo y lenguaje son los dos ejes en los que gira la búsqueda de la identidad de los personajes de la novela. El lenguaje es consciencia de uno mismo y del mundo que nos circunda. Somos todo aquello que podemos expresar de nosotros mismos, conocemos todo aquello que nos permite el lenguaje. Esta idea de que la amplitud y la hondura nuestra existencia está determinada por una capacidad lingüística es aparece a menudo en la literatura hispanoamericana del siglo XX.
Homero nombra a Wittgenstein en su última novela tres veces, Zacarías es un agente secreto que se dedica a analizar la lengua para encontrar patrones de conducta que puedan amenazar la seguridad del estado; en su primera novela, Roberto intenta ser otra persona escribiendo artículos periodísticos con un pseudónimo. Su preocupación por el lenguaje es evidente y su estilo, consecuente. Volvemos a comprobar que Homero no se desentiende de la temática de su tiempo. La lleva hasta los extremos del paroxismo, la trama de thriller americano de su última novela desborda en parodia, el Zacarías sensible y atormentado por las ligazones sintácticas del lenguaje no puede ser ya un personaje serio, su tragedia es demasiado grotesca, su figura, ridícula.
La mirada que proyecta sobre las “limitaciones lingüísticas” –vitales, en definitiva- de sus personajes no es recriminatoria sino indulgente. Homero atiende la frustración del hombre al no ser capaz de ser quién le gustaría ser, o quién cree en realidad ser.
“El sobrino era el vínculo con aquella realidad a la que él había dejado de pertenecer desde que entro en el servicio secreto y resolvió vivir de incógnito en un mundo donde los manuales dictaban las normas y le decían quiénes serían día tras día, viviendo vidas inventadas sin poder ser ellos mismos ni siquiera al final de la jornada”

Parece que en este punto encontramos al poeta y no al escribidor de versos. El gran escritor no es aquel que condena ni aquel que justifica, es aquel que comprende a las personas. Esta mirada comprensiva hace que el fracaso de sus personajes tenga la virtud de enardecer al lector, de sugerirle la posibilidad de una vida auténtica, de una relación amorosa y no mercantil con el lenguaje. En realidad, toda la narrativa de Homero es esto: un cuidado amoroso de las palabras, un ascetismo para evitar la perversión del lenguaje. De ahí la poderosa sensación de autenticidad que nos transmite.
Si trasponemos esto a lo escrito más arriba sobre mundo y lenguaje, el amor del que habla Homero es amor de uno mismo y del prójimo. La manera de la que se sirven sus personajes del lenguaje para transformar su identidad personal es falta de humildad, que es verdad, que es conocimiento de uno mismo. La perversión del lenguaje es lo que provoca el desajuste de la realidad, como en aquel hidalgo que creía ver gigantes en las aspas de los molinos. La senda de la libertad y del conocimiento propio es la del poeta, capaz de nombrar la realidad, de otorgarle la sustancia lingüística correcta. Los diferentes vicios que alejan de esta adecuación a la realidad son los del escribidor de versos. Pero no es esta la condición humana, si es cierto que a menudo mercantilizamos el lenguaje hipotecando nuestra autenticidad, los hombres hemos nacido todos con vocación de poetas, con una desesperada necesidad de verdad.


BIBLIOGRAFÍA
         CARVALHO OLIVA, Homero. Memoria de los espejos. Permio Municipal de Novela, 1995.
         CARVALHO OLIVA, Homero. La conspiración de los viejos. Grupo Editorial la Hoguera. Novela la Mancha. Bolivia, 2011.
         CARVALHO OLIVA, Homero. La maquinaria de los secretos. Grupo Editorial la Hoguera. Novela la Mancha. Bolivia, 2009.
         YURKIÉVICH, Saúl, Suma crítica, México, Fondo de Cultura Económica, 1997.   
         SUCRE, Guillermo, La máscara y la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.
         PARKER, Alexander. El concepto de verdad en el Quijote. http://cvc.cervantes.es/literatura/quijote_antologia/parker.htm.
         SHAW, Donald. Nueva narrativa hispanoamericana. Cátedra. Crítica y estudios literarios. 2005.

         Todas las lecturas, los artículos colgados en el campus y las clases impartidas durante el curso.
  


JAIME NÚÑEZ DE PRADO FRANCO
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15 de junio de 2017

Últimos mensajes de las piedras


Pablo Cingolani

Cuando las piedras hablan, hablan desde el principio, desde los orígenes del mundo, cuando no había tiempo y todo era estar eternamente en medio de un caos sublime y revelador: el parto del mundo, la génesis de todo lo que existe, lo que ya no existe, lo que puede venir, lo que ya se fue, la nada y la eternidad atadas a un solo destino. De ahí su mensaje, de ahí su potencia expresiva. 

De ahí también la incesante travesía en busca de que las piedras hablen, te hablen. De ahí tu empeño para entender su lenguaje. Es obvio pero lo anoto igual: las piedras hablan, cuando hablan, no sólo desde la matriz universal, sino también en su propio y antiquísimo lenguaje. Sólo sí estás dispuesto a escucharlas, sólo si te empeñas y aguardas, sólo si vas acunando el fervor de que eso suceda, eso te sucede, las piedras te hablaran. Y cuando eso acontezca, ya verás, ya oirás sus mensajes. Ya se te revelará el lenguaje. No es secreto. Es tenaz. Es la tenacidad el único camino que te conduce a escucharlo.

Hoy, una inesperada ráfaga de viento del Oeste, viento del altiplano, viento de la puna, hizo hablar a unas piedras que atesoro. Sobre el estruendo –el sonido de los comienzos, cuando todo era ebullición y fragua-, las piedras se largaron a hablarme, a enviarme sus mensajes desde su ser insondable. Comparto algunos de ellos:

‒Cuida lo frágil. Protege siempre a lo más vulnerable. Puede romperse. Partirse en dos o, simplemente, destrozarse. La ruptura de la fragilidad no tiene retorno. Cuando la fragilidad desaparece, no la encuentras nunca más, por más que te afanes. Debes saber distinguir lo frágil. Debes estar siempre atento a que esa fragilidad superviva, no agonice, no ceda, no sufra, no muera. Si muere, mueren también otras cosas. Muere un poco la paz. Mengua otro poco el sosiego. Hay más oscuridad en ronda. En la insistencia de lo frágil, en su cuidado, está amarrado el equilibrio, y por más precario que este sea, sigue siendo eso: un equilibrio, una nivelación de tensiones y de fuerzas, unas desesperadas, otras poderosas y bienhechoras. Frente a eso, que es irremediable y que también puede llamarse vida, la protección de la fragilidad te procura algo inestimable, algo de lo más valioso que puedes desear: te procura serenidad. La serenidad de las piedras.

‒‒La belleza es un bien deseable. Más la belleza no es un valor absoluto: muta. Puede componerse y descomponerse y volverse a componer. La belleza es un camino, es una huella, un destino que sólo es posible recorrer con los ojos bien abiertos, con el alma siempre atenta en busca de plenitud. Una parte sustantiva de esa plenitud es la belleza pero esa belleza mutante, abierta, reveladora. Esa belleza sólo se te revela si estás dispuesto a perderlo todo. Rastros salvajes: una mística.

‒‒‒Evoco a Ezra Pound, su canto XLV, decía algo así: con usura (with usura), ningún hombre tiene una casa de piedra, cada una de las piedras cortada con suavidad y bien puesta, etc., etc. Es uno de los poemas más conmovedores que leí cuando era chango y siempre lo recordé: lo volví un talismán contra todo desvelo, contra todo falso afán. Las piedras no me hablaron del poeta pero sus mensajes me remitieron a él. Decían las piedras: construye un refugio, siente nuestra protección, nuestro amparo, nunca te sientas solo si nos sientes, nosotras te brindaremos cobijo, calor, luz, inspiración, intensidad, intención, voluntad, ardor, pasión, nosotras te brindaremos todo lo que es necesario para que la vida prosiga, la vida crezca en luminosidad y plenitud, la vida no se agriete ni se astille, la vida fecunde. Nada es más importante en este mundo que sentir esa paz que nosotras sentimos y podemos brindarte si tú te atreves a recibirla y a honrarla. Si es así, construye un refugio contra todas las tormentas, haz del afuera, tú adentro y ese adentro tuyo, compártelo, vuélvelo un hogar, un refugio capaz de resistir todos los aludes, todo el frenesí del caos, el derrumbe, el vacío irremediable: vuélvete como nosotras si eres capaz de iluminarte y aguantar todo el dolor y el desasosiego sin lastimarte y sin lastimar a nadie.

Bueno, ya fue, ya lo escribí. Hablaba, antes de concluir este arrebatado texto, con mi amigo Facundo (azares de las máquinas tecnológicas: Vilanova-Río Abajo, un océano de distancia), hablaba de los mensajes que recibí hoy de las piedras, que los estaba escribiendo, que si sería sensato, insensato, hacerlo, que si sería sensato, insensato, compartirlos. Como sea, ya fue, ya lo escribí, ya está hecho. Ahora no me resta más que compartirlos. Quien quiera oír, que oiga. Quien quiera oírlas, que las oiga. Quienes quieran seguir, que sigan. Quienes quieran seguirlas, que las sigan. Allá van las piedras: claras, vivas, invencibles.
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Breve historia del circo, de Pablo Cerezal

Miguel Sánchez-Ostiz

Conocí a Pablo Cerezal en Cochabamba, ahora hace cuatro años, en el Tunari, un comedero de El Prado, propiedad de uno que había sido agente secreto, formado en Cuba. Había un colosal piqué macho sobre la mesa. Me pasó entonces sus Cuadernos del Hafa, y escribí algo sobre él en algún lado porque el libro me gustó mucho. En otros encuentros, Pablo me contó de su vida y milagros, compartíamos filias literarias y fobias sociales o políticas. Tenía una pasión literaria contagiosa, por la lectura y por la escritura. Todo era viaje para él. Sé que Cerezal fue dichoso en Cochabamba y también que las pasó putas, sencillamente putas, o que se lo hicieron pasar. Tengo dicho que un país no lo conoces hasta que no haces cola en Inmigración, y Pablo y Sabah hicieron algo más que cola. Hubo gente que no fue nada generosa con él. Luego llegó Munay, su hijo, tan presente en este libro, como asidero de esperanza y vida mejor…

El circo de niños de la calle del que habla Cerezal y para el que trabajó en una ONG, lo vi actuando en la plaza años atrás. De los niños de la calle y sus tragedias me habló Gregorio Iriarte, una gran persona, y conocí a algunos de ellos en un refugio de Cochabamba, algo tremebundo: historias turbadoras que te ponen un nudo en la garganta a poco que las recuerdes, y que Pablo conoce mucho mejor que yo. Yo pasé y me fui, él estuvo, a diario, contra viento y marea, más agitados que otra cosa, él hizo, que de eso se trata y que lo cambia todo. En este circo de Pablo Cerezal no hay impostura humanitaria alguna en busca del aplauso, hay testimonio, herida, memoria.

Dicho lo cual diré que si algo me admira de este libro, tejido sobre el dechado de su vida en Cochabamba, es que Pablo haya obviado las putadas que le hicieron y haya orientado su relato por otros derroteros, menos previsibles para mí y más luminosos, por mucho que del dolor y la mugre con la que se encontró en Cochabamba hable. Este relato está sostenido en la verdad de una vida relatada con evidente pasión literaria. El talento literario está en que para que las páginas te conmuevan no hace falta saber lo que las sostiene o tienen detrás, y las empujan una palabra detrás de otra. De Cochabamba se habla en este libro, cierto, la ciudad, sus calles y mercados, o cuando menos en ese escenario se invoca la mejor vida, pero es de esta de lo que trata, en un soberbio ejercicio de ascesis. Cerezal no se dejó ahogar por la mugre.


*Publicado originalmente en Vivir de buena gana (15/6/2017)
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