19 de octubre de 2017

Los diarios de Piglia (Renzi)

Miguel Sánchez-Ostiz

Compré el segundo volumen de los diarios de Piglia, intenté leerlo y lo abandoné a medio camino. Me dije que después de haber intentado interesarme en el primero no repetiría intento, pero hace unos días compré el tercero, que termino de leer esta tarde y me digo que Piglia no es que me aburra, sino que no logro poner el interés necesario; pero veo que el ejemplar está ya plagado de acotaciones, subrayados, marcas, de muchos pasajes acertados dedicados a la escritura de diarios y otras (pocas) a los efectos de la represión de la dictadura militar argentina en el autor y su medio. Intento encontrar al autor en sus diarios y me tropiezo, en el peor sentido, con sus dificultades para escribir una novela que no he leído –me pasó lo mismo con los diarios de Donoso tan aplaudidos- y disquisiciones filosóficas que me superan, así que es culpa mía más que del autor, claro, que me cueste compartir el entusiasmo de la cátedra y su clero. Me interesan sus miedos, precauciones y empeños en poner en limpio sus diarios de muchos años porque son los míos, una tarea titánica, la mires por donde la mires, muy crepuscular, muy de ver o sospechar el final del camino «con su fea cara de rana patituerta», diría Boris Vian. Me interesa cuando me hace pensar en si la escritura de diarios necesita de un lector cómplice que no vea en ellos una sucesión de naderías y solo eso: «la experiencia confusa, sin forma y contingente de la vida».

Me han gustado unas líneas (páginas 194-195) en las que narra cómo está seleccionando unas páginas de su diario del año 1987 para mandárselas a un editor de Barcelona a propósito de «’la escritura del Yo’, que se basaba en la conocida tentación de revelar secretos de la propia vida, previamente acomodados al sentido común general»; un editor que «había creado una colección dedicada a ventilar las estupideces de la vida doméstica de los domesticados hombres de letras de las nuevas –y también de las viejas– generaciones.»


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (19/10/2017)
Leer más...

16 de octubre de 2017

La amistad: Variaciones (2)

Roberto Burgos Cantor

El cambio de paisaje dispersa.
Los ámbitos donde compartir estudios, lecturas, confidencias en voz alta, quedaban solos otra vez. Guardaban ripios de nuestras voces. Aquella quinta de dos plantas en las calles enfrente de la ermita del Pie de la Popa que terminaban en el cuerpo de agua que iba hasta Bazurto. Corría desde la muralla junto al Pedregal. A ella se había mudado la madre de Juan Espinosa después de vivir en una casa amable, de discreta arquitectura doméstica en San Diego.
La quinta tenía, en la habitación de Juan un estante donde tope con la novela Los idus de marzo, de Wilder. El encanto era el balcón sobre la fachada principal. Colindaba con el de la quinta de igual estilo de Rainero de la Vega.
Juan Bautista que, como dicen las bogotanas era una estampa de hombre, había empezado la amistad no exenta de enamoramiento, con una de las hijas del vecino. Eran dos. Bellas ambas: Gala y Magali.
En la admiración, lo acompañábamos Óscar Bertel y José Antonio Angulo. El anuncio de la visita era la voz de Jose que cantaba la Barcarola o recitaba a Bernárdez. Con la música y la poesía no trastabillaba su lengua a veces desobediente. Entonces salían las jóvenes. La imagen inolvidable se grabó un mediodía solar de caribe despejado. Magali y Gala salieron al balcón vestidas con bermudas, franelas de playa y unos gorros altos de piel peluda de oso siberiano. Años después los vimos en la película de Zhivago. Simulaban fumar unos cigarrillos delgados, café oscuro, de cilindro perfecto y largos. La sorpresa y la risa agregaron alegría. Nos regalaron un paquete con algún nombre indescifrable que leimos en una novela de Gogol.
Supimos que el arquitecto Rainero era comunista y traía de sus viajes a la Unión Soviética esos recuerdos para el museo de lo imposible.
La inminencia de abandonar el solar ocurría sin atenuantes. El colegio de La Salle hacía su ceremonia de grados en el teatro Cartagena, un día antes del bando que iniciaba las fiestas de noviembre. A quienes terminábamos nos ponían un anillo de oro y piedra roja con el escudo de la comunidad. Los hermanos cristianos los traían de un joyero italiano de Nueva York. Era una prenda linda que me robaron.
Apenas nos restaba la primavera en el trópico, diciembre. Y con suerte el revuelto de religiosidad y paganismo de las fiestas de la virgen de la Popa.

Imagen: Pablo Picasso, Grande Tête de Femme au Chapeau Orné, 1962
Leer más...

El odio

Pablo Cingolani

El odio arrasa con todo. El odio lastima siempre. El odio no construye nada. El odio, como huayco, demuele la esperanza: es peor que huayco ya que ni belleza atesora, no clama, no te avisa, el odio aniquila, extermina: el odio mata. El odio te mata.
El odio carcome por dentro. El odio lacera. El odio hiere lento, lentísimo, y luego te envenena tanto que no hay antídoto: no hay odio que cure al odio. Es peor que morir, que matarse, que irse, que quedarse: si se te mete en las venas, te va comiendo adentro hasta que te devora entero y sos un zombi, movido por el odio, alimentado de odio, secuestrado por el odio. Sos su zombi: sos el zombi del odio.
El odio es derrota químicamente pura. El odio es psicología inversa, destruye neuronas, desintegra la piel, perfora tu alma. El odio no sirve para nada. El odio manipula, te manipula. El odio corroe, te corroe. El odio es el oxido de la frustración, el vidrio de la impotencia, de no saber para qué carajo vivís, sentís, te estás.  
El odio, el odio, no apasiona: te endiabla, te maltrata, te enloda, crees que te sacude, que te electriza, que te lleva y te trae: el odio es inmóvil, el odio es circular, el odio no va a ninguna parte, el odio no te conoce, el odio no te quiere: el odio sólo quiere al odio, el odio sólo desea más odio y cuando todos los odios se juntan, la verdad perece, la belleza padece, la vida agoniza y el presente se vuelve negro, se vuelve estéril, se vuelve absurdo.
El odio decide que haya más odio, el odio canoniza al odio, hay una economía del odio, una sociología del odio, hay una historia, una historia del odio: odio al pueblo, odio al otro, odio al pobre, odio a los indios, odio a los negros, odio a los que mascan coca o a los que van en chinelas. Odio porque odio, odio porque tengo que odiar, odio porque sin odio, ¿a quién odio? El odio sólo conoce al odio: a vos no te conoce, el odio, a vos te no quiere ni te desea.
El odio es insensible. El odio es insensato. El odio, todo lo puede. Hasta que un niño abre una caja de música o empuña un violín o abre un libro para leerlo y el odio, todos los odios, todos y cada uno de los tristes odios, desaparecen.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 14 de octubre de 2017

Imagen: Leonard Baskin
Leer más...

12 de octubre de 2017

Mi bella miliciana / Marisa Peña


Marisa Peña

Ante tanto despliegue patriótico no puedo por menos que pensar en mis muertos, en esos que nunca fueron homenajeados y que lucharon por un mundo mejor.

Los herederos de una estirpe de vencidos
sabemos que no importa perder todas las batallas,
cruzar los desiertos calcinados,
atravesar inviernos que nunca se terminan,
ser ninguneados,
difamados,
diezmados,
acallados,
olvidados.
Aunque los vientos no nos sean propicios,
seguimos navegando,
aferrados a nuestras convicciones,
seguros de la luz que nos fue entregada,
a salvo de la confusión y la tormenta,
cuidando el preciado legado de la memoria,
sabiendo que los nuestros
no sufrieron en vano,
no lucharon en vano,
no murieron en vano.
Mientras los ecos suenan,
las voces se confunden y la marea sube,
esperamos, como ellos esperaron,
a que llegue el momento preciso,
a que la semilla extienda sus raíces,
y la historia, siempre tan predecible,
nos devuelva, al fin, todo lo arrebatado:
la verdad, la justicia, la hacienda,
el proyecto republicano
y la canción...

Marisa Peña, Mi bella miliciana


Los muertos gritan sus nombres
por las cunetas calladas.
Después del cuerpo la tierra,
después de la tierra, nada.
Los muertos gritan sus nombres
rompiendo la madrugada,
abriendo huecos oscuros
en la memoria negada.
Después del cuerpo la tierra,
después de la tierra nada.

Marisa peña, Mi bella miliciana.

*Tomado del muro de Facebook de la autora (12/10/2017)

Leer más...

9 de octubre de 2017

La amistad: Variaciones (1)

Roberto Burgos Cantor

A quienes nos correspondió, por fortuna o por resistencia, pasar de un siglo a otro, estar inmersos en vicisitudes que pusieron a prueba la esperanza y enseñaron que los logros virtuosos pueden evaporarse y arrasar con la vanidad y el orgullo, quizá tengamos la predisposición a los balances.
Esos momentos en que el cielo se aquieta, la tierra se silencia y el caudal imprevisto de la memoria suelta sus esclusas.
Aparecen rostros: esa edad sin tiempo que colmaba los días y los sueños. Juegos de bolitas de cristal, caballos de palo o humanos, el cave, palabra que no encuentro en ningún lexicón, un juego popular donde se empujaba una piedra con otra piedra a un hueco en la tierra, la tapita, rudimentario beisbol en el cual se podía perder un ojo.
Estaban allí las primeras manifestaciones de la amistad. Nos llamábamos amigos. Un sentimiento sin intereses. Aquello que las muchachas llaman química.
La niñez es un estado dependiente. Era frecuente que se perdiera el curso de esos vínculos que mostraron por primera vez al otro. Las mudanzas, los cambios de colegio.
En la edad que seguía tampoco había intereses. Tal vez, si, afinidades. Compincherías. Lecturas compartidas. La ansiedad de los primeros enamoramientos. La felicidad y la desolación.
Y de repente la comunidad escolar llegaba a la frontera de las despedidas. Cada quien tomaría la ruta de estudios diversos. Momento en que la miedosa y atribulada soledad de salir de casa y quedarse paralizado en la puerta del kínder, se repetía con igual sensibilidad y una conciencia dolorosa. La vida ahora tenía más paisaje y una población de seres incrustada en lo que éramos.
Recuerdo: Óscar Bertel y yo en los rescoldos de los carbones de noviembre nos fuimos a bailar a la sala del hotel San Felipe. Nos echaron a la primera bruma del amanecer con una canción que repitieron siete veces, vámonos caminando yo me voy a Cartagena. Nos despedimos de Ana y Marina. Ésta, sobrellevaba una vocación indecisa de monja de clausura. Desconcertados por lo que finalizaba y el incierto empezar nos encaramamos a la muralla, enfrente del colegio de la Presentación. Oímos los cerrojos que cerraba Marina y el creciente suspiro del mar. Enfriaba el amanecer. Vimos un toro acuerpado, cuernos soberbios que se adentraba entre las olas. ¿Ron de Obregón? Sobrecogidos, esperamos. El mar se tragó a la bestia. O ella se fue con una sirena viuda.

Imagen: Xilografía de Marilú Dávila
Leer más...

Cuentos Extraordinarios de Bolivia

Adolfo Cáceres Romero y Homero Carvalho Oliva  
Escritores

Seleccionar cuentos y poemas para antologías no es una tarea grata, porque el antólogo corre el riesgo de que su compilación y su persona misma sean objeto de escarnio de parte de quienes no están incluidos; incluso los amigos y los cónyuges de los ausentes se toman la revancha por tamaña afrenta. En mi caso debo decir que ya estoy vacunado contra estas reacciones e incluso insultos, así que cuando hace un año Adolfo Cáceres Romero me pidió que lo colaborase con la recopilación y edición de la Antología de cuentos extraordinarios de Bolivia, acepté sabiendo los peligros a los que nos exponíamos.

Una antología es arbitraria por definición y en esta, en particular, los criterios de selección están a cargo de dos narradores -no críticos de literatura- que leen a sus colegas. Adolfo ya tenía una lista, a la que agregamos otros nombres y cuentos, llegando a 53 autores y 52 cuentos; considerando que dos autores escribieron uno de ellos, además cuatro son de la tradición oral. 

Es probable que muchos críticos, académicos y escritores no estén de acuerdo con algunos cuentos de esta selección, porque no les bastará que sean de nuestra preferencia para aceptar el calificativo de "extraordinarios”; algunos se rasgarán las vestiduras y se preguntarán por qué no incluimos a tal autor o tal cuento. ¿Qué podemos decirles? Simplemente que los cuentos que elegimos nos gustaron por la emoción de ser auténticos, únicos, sin pretender deslumbrar con artificios, sino simplemente expresar lo que su creador sentía al escribirlos. 

Llamamos extraordinarios a estos cuentos no solamente por su forma, su diseño estético o su contenido, cercanos a la perfección -ninguna obra humana podría lograr tal empeño-, los consideramos así porque desde que los leímos siempre estuvieron con nosotros; en algunos casos marcaron nuestro gusto por el cuento y nuestro hábito como lectores y en otros consolidaron nuestra fe en la narrativa nacional. Muchos de estos cuentos fueron reconocidos fuera del país, incluidos en antologías nacionales e internacionales y ganaron premios. A la mayoría los hemos tenido como modelos de tesonero trabajo literario, y por eso mismo este libro es más una colección de cuentos, de textos sorprendentes, que de autores. 

Son cuentos que hemos leído y releído en diversas circunstancias, ya sea por placer o como ejemplos en talleres literarios o en ensayos acerca de la literatura boliviana. Esta es una selección de dos escritores para lectores que gustan del cuento. La hemos trabajado con Adolfo, sin que nadie nos presione o nos pague por el trabajo, con nuestro propio esfuerzo y sacrificio; hemos sido honestos con las inclusiones, evitando caer en subjetividades dañinas basadas en rencillas personales, inevitables en la literatura como en cualquier otro oficio.  

El libro está dividido en cuatro épocas: Periodo nativista o precolonial, Periodo colonial, Siglo XX y Siglo XXI. Del Periodo nativista o precolonial incluimos los relatos de tradición oral José Joserín, El jukumari y la pastora, El jukumari y el cazador y El origen de los grandes chamanes. Del Periodo colonial a Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (1676—1736), con En que se cuenta y se verá el horrible y dilatado rencor de un hombre. En Siglo Veinte a Adela Zamudio (1854—1928), con Vértigo; Alcides Arguedas (1879—1946), con Venganza aymara; Adolfo Costa du Rels (1891—1980), con Los dos jinetes; Josermo Murillo Vacarreza (1897—1987), El hombre en el abismo, Alberto Ostria , Gutiérrez, con Qhaya kutirimuy, Alfredo Flores (1900—1987), con Sargento Charupas, Augusto Céspedes (1903—1997), El pozo; María Virginia Estenssoro (1903—1970), con Oscarito Errázuriz, Augusto Guzmán (1903—1994), con La cruel Martina; Óscar Cerruto (1912—1981), con Los buitres;  Walter Montenegro (1912—1991), El pepino; Óscar Soria (1917—1987),El almuerzo; Óscar Barbery Justiniano (1928—1998), con La perdiz muerta; Gastón Suárez (1928—1984), con Vigilia para el último viaje; Néstor Taboada (1929—2014), con El cañón de Punta Grande; Antonio Carvalho Urey (1931—1989), En luna nueva; Jorge Suárez (1932—1998); Sonata aymara; Adolfo Cáceres (1937), El último khipukamayu; Renato Prada Oropeza (1937); cona noche con Orgalia; Germán Araúz Crespo (1941), con Crónica secreta de la guerra del Pacífico;  Gaby Vallejo (1941), La esquina de los milagros; César Verduguez Gómez (1942), Hay un grito en tu silencio, Raúl Teixidó (1943), con London, UK 1985;  T. Constanza Rodríguez Roca (1944), con Mi abuelo;  Adolfo Cárdenas Franco (1950), Metralogía I; Alfonso Gumucio (1950) y Carlos Mesa Gisbert (1953), Tiro fallido; Ramón Rocha Monroy (1950), La música del sordo; René Bascopé (1951—1984), Ángela desde su propia oscuridad; Manuel Vargas (1952), Trasmundo; Roberto Laserna (1953), Filho dada, Blanca Elena Paz (1953), Las tres lluvias; Gigia Talarico (1953), con Marilyn; Homero Carvalho Oliva (1957), con La noche de Alejandro; Gonzalo Lema (1959), Fue por tu amor, María; Paz Padilla Osinaga (1961), con Tiodor; Rosse Marie Caballero Vega (1961); Retrato de Bodas; Edmundo Paz Soldán (1967), con Dochera. Siglo veintiuno: Claudia Peña (1970), con El ropero y las uvas; René Rivera Miranda (1970), con Un regalo especial; Giovanna Rivero (1972) Con Yucu; Magela Baudoin (1973), con La composición de la sal; Cecilia Romero (1973), con La noche del espantapájaros; Sisinia Anze Terán (1974), con El rostro del remordimiento; Willy Camacho S. (1974), con La muralla; Maximiliano Barrientos (1979), con No hay música en el mundo; Rodrigo Hasbún (1981), con Larga distancia; Liliana Colanzi, con Chaco; Roger Otero Lorent (1981), con De qué hablamos cuando hablamos de morir; Daniel Averanga Montiel (1982), Con Un hombre de letras; Guillermo Ruiz Plaza (1982), con Inés, Rodrigo Urquiola (1986), con La memoria invertebrada

Desde principios del tercer milenio, en Bolivia se ha hecho frecuente la publicación de antologías temáticas: cuentos de ciencia ficción, eróticos, de terror, de la Guerra del Chaco, en fin. Desde la segunda mitad del siglo XX se han publicado muchas antologías del cuento boliviano en general, entre las que puedo nombrar la Antología del cuento boliviano moderno (1995), de Manuel Vargas; Antología de antologías (2004) y Los mejores cuentos de Bolivia (2014), de César Verduguez y Profundidad de la memoria, cuentos bolivianos contemporáneos (2009), de Gaby Vallejo.

Las obras mencionadas fueron trabajadas por cuentistas y en todas ellas se incluyen, merecidamente, los autores que son reconocidos narradores. Algunos de los nombres de autores y cuentos de estas antologías se repiten en la nuestra, especialmente los ya canónicos, de esa manera consolidamos el prestigio ganado por algunos cuentos y escritores e incluimos a otros que ya forman parte de la transformación literaria que se ha venido dando en nuestro país, configurando las lecturas del presente y proyectando nombres hacia el futuro. Los escritores jóvenes, herederos de los cuentistas del siglo XX (aunque alguno no quiera reconocerlo) nos demuestran que el cuento boliviano está pasando por muy buen momento; los que están escribiendo hoy serán quienes reordenen los cánones de mañana.


Leer más...

8 de octubre de 2017

Ética, épica, estética

PABLO CINGOLANI -.

Confieso algo: los últimos días, las últimas dos semanas, me anduve intoxicando fuerte, peor que juntar Clonazepán y Artane. Lo hice así: leyendo una biografía más del Che Guevara, releyendo su diario de guerra escrito en Bolivia, sus famosas Notas de Viaje, y el libro que escribió –como descargo- uno de los miembros de la bautizada por el propio Che como la “resaca” de la guerrilla boliviana, un hombre llamado Eusebio Tapia.

A esta línea base de la ensalada guevarista, lo acompañé con algunos pimientos con ajo de las aguafuertes porteñas de San Roberto Arlt, el bendito cardo del cuento El Sur de También San Borges y mis citas marcadas de las conversaciones de Vicente Zito Lema con Enrique Pichon Riviere. Dos ejes citables: la locura de (Saint) Artaud y ¿si los tobas me comen?, el miedo a los malones indígenas cuando Pichon era niñito, allá en el Chaco.

Para terminar el menjunje, le agregué nuevos condimentos: leí por vez primera el primer tomo de las memorias de Dorfman, el libro más famoso de Sepúlveda (El viejo que leía novelas de amor) y para no leer puro chilenos (je!) , un ensayo de Jozami sobre Rodolfo Walsh (que, inevitablemente, contrapunteé con el libro Montoneros del pelado Perdía y el tomo II de La Voluntad). Ah, como postre, me releí de un tirón –dos días- Final de novela en Patagonia, de Mempo Giardinelli, otro del Chaco pero no Gualamba.

Además de comer e ir al baño de manera consecuente, también vi varias películas: volví a ver, entre varios clásicos, Scarface y El secreto de sus ojos de Mr. Campanella y vi otras cintas que nunca había visto, anoto dos: Buenos Aires Viceversa de otro intoxicado, de Agresti, y un peliculón estonio-georgiano titulado Mandarinas.

Como me cebé con esto que escribo, le pondré algo de música: diré que sólo escuché Vida de Sui Generis (toda la vida escucho Vida, porque es la obra maestra de Charly García), un CD de colección de Keith Richards (que incluye la mejor versión de todas de Gimme Shelter) y un compilado de Spinetta que me grabó un psiquiatra amigo la última vez que nevó en Buenos Aires y nos fuimos de parranda y derrapando por el parque Lezama con el Rogelio Guanuco, el indio diaguita-calchaquí que le da la mano a Evita, joven él y como trabajador minero de Rio Turbio, en la famosa foto que inmortalizó la visita de Ella a ese extremo de la Argentina.

Semejante manduque, tamaña libación de libros e imágenes y sonidos, me produjo una leve levitación atmosférica que me llevó hacia, hasta mi propio Aleph. Confieso que no hay droga más exquisita que la lectura, ni mejor antídoto para todos los dolores del mundo que ella. En ese estado de gravedad existencial, he intentado varios textos, todos abandonados, a saber:

–uno precisamente sobre el hecho de leer, el acto de hacerlo, que dejé ahí, sin llegar a ningún puerto ni literario ni menos terapéutico. Anoto por anotar que empieza así: Leer es salvarse en este mundo desencantado…

-un poema decidor, de los míos, sobre Artigas que dale nomás comienza así: Escucho al viento/ Y lo veo a José Gervasio/ Comandando el destino… Puta madre que lo creo así.

-otro texto sobre la cuestión marítima de mis hermanos de acá, arranca tal cual: Sin mar para Bolivia, no hay Patria Grande. Tal cual, Heraldito.

-un escrito más titulado Tres historias con milicos y que dice para empezar que nací en un país donde los militantes populares teníamos serios problemas con los militares, con las Fuerzas Armadas de nuestra patria…aunque todos fuimos soldados y eso está bien también.

-otro texto, dramáticamente encabezado así: La ausencia de destino y que prosigue: ¿Hacia dónde mierda vamos? ¿Hacia la liberación nacional o hacia Corea o peor, hacia la China? Se empieza a complicar la receta, ¿no mi amor?

- Y otro texto, final, que bauticé Penetración cultural: ¿hasta cuándo? Y ahora que lo releo tiene cosas buenas como estas preguntas que copio y transcribo:

¿Cuáles son las relaciones que existen entre la lucha de liberación, el conflicto político o armado, y la cultura?

¿Se suspende la cultura durante la guerra de liberación? O

¿Es la lucha por la liberación nacional una manifestación cultural, un fenómeno cultural?

Fanon forever.

Bueno, vale mi hermano, ya no jodo más con mis obsesiones. Toda esta lata era sólo pata encuadrar este mi texto que titulé con esas 3E malditangas. Sólo para avisar de qué viene y cómo viene. ¡Intoxicado estaba!

* * *

Ética, épica, estética: ¿cómo la sigo?

Empiezo con una cita de Giardinelli –que, confieso, no me termina de gustar, no me gusta ese espíritu –“higiénico” propongo- que lo anima, el mismo que anima a Sepúlveda o a Cortázar o a García Márquez o a Sábato. Ninguno me termina de gustar- pero esta cita me incita.

Dice el chaqueño universal, en su libro patagónico: “Para mí es inevitable que en esta ruta vacía, en este mundo despojado y solo que es la inmensa Patagonia, me acompañen –me salven, diría yo- todos los libros que he leído”. Está buena la intención, hasta la intensidad, pero le falla el contexto, el amarre, el espíritu como decía: ¿Por qué la Patagonia, ese desierto donde los nuevos Cristos van a sucumbir o a probar de su propia medicina, es considerada como un planeta despojado y solitario cuando, en verdad, el mundo despojado y solo es todo el que rodea a la Patagonia (o a la Amazonía o al fin del mundo)? Hay una ética detrás de estas palabras e indudablemente hay una estética, pero está ausente la épica.

La épica, pero escribí la época, y entonces corrijo al dedo y aprovecho y pregunto, ya que hablamos de épica: ¿Cuál es la épica de nuestra época? Me olvidé: también vi Birdman del mexicano universal y ya que estamos vamos a parafrasear a don Carver: ¿de qué hablamos cuando hablamos de épica? ¿De Pancho retomando un discurso digno pero que es sólo eso, es un discurso, o de Obama, cómo te vamos extrañar mi negro cuando vuelvan a ganar los republicanos y se siga pudriendo todo?

Nací el 63, tenía 7 años cuando los Montoneros ajusticiaron al secuestrador y ocultador del cadáver de Evita, tenía 11 años cuando fuimos con mis viejos –a insistencia mía- de vacaciones a Tucumán, tras que el ERP se había tomado Acheral, tras que con esperanza o con pena/ yo había visto a la luna buena/ besando el cañaveral, oyendo a la Mercedes Sosa cantando Luna Tucumana y cantándola yo mismo en el colegio: así aprendíamos.

¿Penetración Cultural? Estábamos librando la batalla en el terreno del lenguaje (Ernesto Cardenal) y Dorfman, Ariel había escrito su famoso libro: para leer al puto Pato Donald. En Tucumán, nos agarró una pinza del ejército: era emocionante, hasta épico. Crecí así. No me pidan que reniegue de mi historia, de una historia sensible y de una épica que –en ese momento de la historia- la escribían unos señores y unas damas que eran los guerrilleros. ¿De qué hablamos cuando hablamos de épica? Cuando quien suscribe habla de épica, habla de ellos, de los guerrilleros. Esos hombres y esas mujeres que se jugaban la vida, con armas en las manos, porque creían, por lo que creían que era justo. Porque tenían fe en el destino, no en su ausencia.

Defínime justicia. Vale. ¿De qué hablamos cuando hablamos de justicia? Justicia es que ningún chico pase hambre y menos se muera por ello. ¿Vale? Sí, vale, Justicia es que ningún indio tenga que perder su alma porque lo avasallan, porque invaden sus tierras, porque le meten el puto capitalismo y al sistema en su vida, ni nosotros que somos los buenos porque ellos son más buenos que nosotros los buenos, nosotros los izquierdistas nosotros los nacional populares. ¿Vale? No, no vale. Decime: ¿cómo le doy de comer a los pibes sin joder a los indios donde está el petróleo, donde está la riqueza para alimentar a los chicos? Sencillo: para que coman los pibes, quitale a los ricos, no a los indios. Quitale TODO a los ricos, y dejales lo justo, para que vivan como todos: igualar, de eso se trata. Eso quería el Che Guevara. Por eso luchaba. El Che y todos los guerrilleros.

Vos me estás mamando.

No, no te estoy mamando: sólo te cuento una verdad: yo crecí así, con esa mística en la sangre, con esas imágenes en la niñez: los chicos necesitan leche, los guerrilleros expropiaban el camión de la lechera privada y lo llevaban hasta donde estaban los chicos que se morían de hambre y les daban leche, leche para que coman y no revienten de injusticia. ¿Eso estaba mal?

* * *

Bueno, en fin, disculpen tanto delirio ya advertido pero ahora encontré la huella. Es esta, así clarita:

1) La ética: no puede haber un solo niño que se muera de hambre. Hasta lo dice la famosa ONU.

2) La épica: robar a los camiones de las empresas privadas de mierda que venden la leche, fue, es y seguirá siendo, una hecho de valor, de coraje, en suma: una épica.

3) la estética: esta es la puta cuestión que resuelve todas las otras. ¿En qué mierda de mundo vivimos cuando hay niños que se mueren de hambre, cuando hay niños violados por sus padres, cuando hay mujeres asesinadas por sus parejas, cuando hay parejas que no tienen trabajo, cuando el trabajo esclaviza?

* * *

Ética, épica, estética: como síntesis anotaré cuatro palabras más, sólo estás cuatro palabras: Haroldo Conti, Paco Urondo.
Leer más...

1 de octubre de 2017

Sospresas te da el amor

Roberto Burgos Cantor

Los años hacen volver el alma para comprobar qué queda del sendero.
Permanece la sombra de los padres y el aleteo de lo que fueron. Algunos rasgos en su descendencia. Nos podemos preguntar si el vínculo paternal implica responsabilidades educativas o sólo es una relación de amor que no requiere distraerse. Y: ¿qué es el amor?
Se agolpaban pensamientos de estos una mañana del mundo. Pensaba en los temas incompletos de la comunicación con los padres, los soliloquios de consuelo junto a la tumba. Apenas si tejían el tapiz de un diálogo cuando uno, sin dejar de ser hijo, enfrentaba la condición de padre. Así surgía el híbrido que proponía naturalezas distintas de un hijo-padre. A lo mejor es una sabiduría de la naturaleza que permite el acercamiento a los pequeños que nacen al amparo de la aventura, la confianza en la vida sin cálculos.
Todo surgió por un libro artesanal: Algunas Cuantas Letras.
En algún rito de bienvenida a una novela se acercó una niña. No alcanzaba los quince años de edad. Apenas pronunció: te traje mi libro. Le dije que lo guardaría en un bolsillo interno y seguro del gabán para no perderlo.
La mañana en que lo rescaté del bolsillo, recordé que la niña hacía algunas semanas resolvía la tarea de producir un libro.
No extraño que en esa casa de estudios preparen a los niños para tareas nobles. No serán falsificadores de billetes, ni especuladores de baratijas. Es un colegio donde se preservan los manantiales que corren desde la colina y mantienen viva la laguna con sus patos silvestres, sus pájaros alegres y los peces raudos. Unos árboles de verdor sedante lo protegen del desmadre urbano, los deshechos de combustible, el ruido del progreso sin destino. Lo abrió el mismo humanista que fundo la filarmónica de Bogotá; una universidad; y murió en el delirio destructor del palacio de justicia. Era magistrado. Sus hijos continúan en el colegio la tarea de amor y conocimiento. Los maestros aplican el rigor sin expulsar la ternura.
Leí una dedicatoria: Este libro y cada uno de sus cuentos son para mi abuelo, mi mayor inspiración y el mejor abuelo que pude haber pedido, con todo mi cariño.
Mi padre prefería los reconocimientos morales. Yo hijo incompleto, sentí como el desorden de la vida me aumentaba el corazón. Con g de Gabriela: gracias niña.
Leer más...

*